El terror fanático de Boko Haram se enquista en Nigeria

Miguel Máiquez, 21/12/2014

«Reunieron a la gente, mataron a más de 30 personas y se llevaron a al menos 100 mujeres y niños en dos camiones descubiertos». La pesadilla vivida hace una semana en el remoto pueblo nigeriano de Gumskiri, resumida en esas pocas palabras por un familiar de varios testigos, lleva la inequívoca firma de Boko Haram. Militantes del grupo fundamentalista islámico que tiene en jaque al Gobierno nigeriano desde hace seis años irrumpieron el domingo en esa localidad del noroeste del país, prendieron fuego a casas, tiendas y a un centro médico gubernamental, y, según el recuento final de los propios residentes, asesinaron a sangre fría a 35 personas y secuestraron a 172 mujeres y niños. «Mi hermana y sus siete hijos están entre los secuestrados. Nosotros corrimos a escondernos y tuvimos suerte, pero a otros no les fue tan bien», relataba a Reuters Abu Musa, uno de los residentes.

Boko Haram, una secta cuya denominación significa en lenguas locales «La educación no islámica es pecado», inició su campaña violenta en el año 2009. El rastro de terror que ha ido dejando desde entonces es sobrecogedor: hombres decapitados y mutilados; sus mujeres, obligadas a convertirse en musulmanas y tomadas como esposas; masacres contra comunidades enteras; pueblos arrasados; atentados con centenares de muertos en grandes ciudades; bombas en iglesias, bases militares, comisarías de policía y edificios gubernamentales; bombas también en mezquitas…

Solo en 2014, y según informa la agencia Efe, el grupo ha matado a unas 3.000 personas, cifra a la que ninguna otra organización terrorista se acerca en África, y con la que solo podría equipararse el grupo Estado Islámico (EI), que desde finales de junio ha ejecutado en Siria e Irak a unas 1.500 personas, según datos ofrecidos por el Observatorio Sirio de Derechos Humanos.

Ha sido también en este año, 2014, cuando, a raíz del secuestro de más de un centenar de niñas de una escuela en Chibok, las actividades del grupo han alcanzado su mayor repercusión internacional, gracias a que diversos personajes famosos propiciaron en las redes sociales una movilización digital en favor de la liberación de las menores.

La campaña alcanzó un éxito sin precedentes, pero se fue diluyendo con el paso de los meses, mientras la ayuda militar internacional, encabezada por EE UU, tampoco lograba localizar el paradero de las escolares. Y, entre tanto, Boko Haram ha seguido afianzando su control en el norte del país ante la incapacidad del Gobierno y el Ejército nigerianos, a quienes muchos critican por no estar haciendo lo suficiente.

Dilema

Junto con el fracaso de las autoridades nigerianas, la otra clave es la poca eficacia de la insuficiente intervención internacional. Por un lado, Nigeria no ocupa un puesto destacado en las prioridades reales de los gobiernos occidentales; por otro, estos gobiernos, especialmente el estadounidense, se ven atrapados en el dilema de que para poder frenar a Boko Haram haya que prestar ayuda y armas a unos militares cuyo historial en materia de derechos humanos es de todo menos ejemplar.

Lo cierto es que, una vez pasado el momento viral causado por el secuestro de las menores, Nigeria ha vuelto a sumirse en un olvido del que solo emerge, y de forma fugaz, cuando se produce un nuevo secuestro masivo, como el de esta semana, o cuando se comete un ataque especialmente mortífero, como el triple atentado del pasado mes noviembre contra la Mezquita Central de Kano, en el que murieron más de cien personas.

La crisis, sin embargo, es diaria para cientos de miles de personas desde hace años. Según cifras de Naciones Unidas, 1,5 millones de nigerianos han huido de sus casas en las zonas que controla Boko Haram. Y los que se han quedado solo tienen dos opciones: acatar el credo de los fanáticos o vivir con el miedo constante de ser asesinados.

Después de una interminable serie de golpes militares, Nigeria tiene actualmente un gobierno elegido democráticamente (no exento de acusaciones de fraude), que se enfrenta al gran desafío de mantener unido al país.

La recuperación del poder civil en 1999 y una mayor apertura incrementó las demandas a menudo secesionistas y violentas de diversos grupos étnicos y religiosos. Boko Haram, cuya agenda pasa por imponer un califato islámico más allá de las fronteras establecidas, a la manera del EI en Siria e Irak, es, sin duda, el más sangriento.

Estas son las claves de cómo y por qué ha logrado enquistarse esta secta en el país más poblado de África.

‘Sharia’ radical

El nombre de Boko Haram (en idioma hausa) ha sido traducido como «La educación no islámica es pecado», pero también, en otras interpretaciones, como «La pretenciosidad es anatema», o «La educación occidental es pecado». El grupo ha extendido su control por un amplio territorio en el norte de Nigeria, ganado al Ejército nigeriano y que comprende los estados de Borno, Yobe y Adamawa.

Boko Haram, cuyos miembros pertenecen al islam sunní, lucha por imponer la ley islámica (sharia) que emana de una interpretación radical y fundamentalista del Corán, y se ha declarado «franquicia» en África del grupo yihadista sirio-iraquí Estado Islámico.

Uno de sus objetivos es el establecimiento de la sharia como norma vigente en los 36 estados del país, y no solo en el norte de mayoría musulmana, donde la sharia (rechazada en el sur, con una mayor proporción de cristianos) ha sido tradicionalmente considerada como un código de justicia informal, y es aceptada, en mayor o menor medida, por amplios sectores de la población.

Boko Haram es considerado una organización que apoya abiertamente el terrorismo contra la población civil, y usa medios violentos y coactivos en la persecución de sus objetivos político-religiosos. En mayo de 2014 el Consejo de Seguridad de la ONU incluyó al grupo en su lista de organizaciones terroristas, algo que ya había hecho Estados Unidos en noviembre del año anterior.

Origen y giro violento

El grupo fue fundado en 2002, en la localidad de Maiduguri, en el estado de Borno, por Ustaz Mohammed Yusuf, militante y líder de Boko Haram hasta julio de 2009. En 2004 la sede fue trasladada a Kanamma, en el estado de Yobe, donde se constituyó una central operativa denominada «Afganistán», desde la que Boko Haram  atacó y atentó contra las fuerzas policiales nigerianas.

En los primeros años, no obstante, el grupo se limitó, fundamentalmente, a ejercer una fuerte presión sobre las autoridades locales para que aplicasen la sharia. La secta inició su campaña más violenta en 2009, cuando Mohamed Yusuf murió en un intento de fuga mientras se encontraba bajo custodia policial. Yusuf había sido capturado por el ejército, y los militares lo entregaron a la policía. Según diversas fuentes, su muerte al intentar escapar fue, en realidad, una ejecución a sangre fría.

Tras la muerte de Yusuf, el grupo pasó a ser liderado por Abubakar Shekau.

Parece probado que miembros de Boko Haran han estado en contacto con Al Qaeda (en concreto, con la rama magrebí de esta organización), pero, a pesar de que el Gobierno nigeriano liga a ambos grupos, ni Estados Unidos ni expertos en yihadismo internacional han establecido de momento esa conexión, y siguen considerando al grupo nigeriano un problema de carácter más local. La cercanía ideológica con el Estado Islámico, grupo escindido de la organización fundada por Osama Bin Laden, reforzaría la teoría de que no existe un vínculo formal entre ambos grupos.

Boko Haram se financia a través del pillaje, del robo de bancos, de la extorsión, de aportaciones de simpatizantes extranjeros y de los rescates por los secuestros.

De matanza en matanza

Las víctimas de las primeras bombas fueron principalmente los cristianos, pero pronto Boko Haram extendió sus acciones con secuestros y atentados indiscriminados contra toda la población, incluidos los musulmanes.

Boko Haram fue el responsable del atentado del 26 de agosto de 2011 contra la sede de la ONU en Abuya, que provocó 24 muertos, y también de otro atentado perpetrado el 25 diciembre de ese mismo año en el que murieron al menos 44 personas, en cinco ataques contra templos cristianos en los que se celebraban los servicios religiosos de Navidad.

El 20 de enero de 2012 iniciaron una sangrienta campaña de atentados en el estado de Kano, en respuesta a la negativa de las autoridades federales a liberar a algunos de sus miembros detenidos. Los ataques causaron al menos 250 muertos. El 21 de febrero de 2012 la secta provocó al menos 30 muertos en Maiduguri, al noreste del país, y el 8 de abril otras 38 personas perdieron la vida en un atentado junto a dos iglesias de Kaduna (norte), donde se celebraba el Domingo de Resurrección, ataque que las autoridades atribuyeron a Boko Haram.

El 7 de agosto de ese año un nuevo atentado, que las autoridades volvieron a atribuir al grupo radical, dejó 19 muertos en una iglesia pentecostal en Okene, en el estado de Kogi. El 14 de abril de 2014 la secta volvió a golpear Nigeria con un ataque con bomba que causó varias explosiones en una de las principales estaciones de autobuses de Abuya, la capital, y mató a al menos 71 personas. El mismo grupo había causado el día anterior al menos 98 muertos en ataques a tres localidades del norte en el estado de Borno.

Niñas secuestradas

El pasado 14 de abril los fundamentalistas capturaron a 129 niñas en una escuela-residencia de la pequeña localidad de Chibok, en Borno, feudo espiritual de la secta. El secuestro, que se produjo tan solo unas horas después del atentado en la estación de autobuses de Abuya, alcanzó una enorme difusión global gracias a las cuentas de Twitter y otras redes sociales de personajes famosos. Bajo la etiqueta «BringBackOurGirls» («Traed de vuelta a nuestras niñas»), en apenas unos días los mensajes de denuncia y solidaridad con las víctimas se convirtieron en un fenómeno viral.

La campaña, sin embargo, perdió fuerza con el paso de los meses, y la ayuda militar internacional para encontrar a las secuestradas, que lideró Estados Unidos, tampoco tuvo éxito. Un total de 44 escolares lograron escapar entre el 17 y el 19 de abril, y el 5 de mayo el líder del grupo, Abubakar Shekau, reivindicó en un vídeo la autoría del secuestro.

Las autoridades sospechan que las niñas pueden haber sido violadas, después de que una de ellas relatara que las rehenes más jóvenes sufrían hasta «15 violaciones al día» y que ella misma había sido entregada como esposa a uno de los líderes de la secta.

El 6 de mayo el secuestro de otras ocho niñas volvió a conmocionar Nigeria; y solo tres días después el grupo asesinó a 300 personas en la localidad nigeriana de Gamboru, que se sumaron a otras 150 asesinadas entre el 20 y 21 de mayo y otras 200 el 5 de junio.

El anuncio de una supuesta tregua entre el Ejército nigeriano y los terroristas el pasado octubre devolvió a la actualidad la tragedia de las menores, aunque la esperanza de verlas liberadas duró poco. Dos semanas más tarde, Abubakar Shekau reaparecía en un vídeo para desmentir que existiera un acuerdo de alto el fuego con el Gobierno nigeriano y aseguraba que las menores ya habían sido «entregadas en matrimonio».

Califato y expansión

El 24 de agosto, en Gwoza, estado de Borno, el grupo declaró un «califato» como primer paso hacia su objetivo de implantar la ley y el Estado islámicos en todo el país, y asesinó a docenas de cristianos en la localidad de Madagali.

La proclamación del «califato» tras la toma de Gwoza ha sido equiparada por algunos expertos a lo conseguido por el grupo Estado Islámico tras conquistar Mosul, en Irak. En este sentido, el analista camerunés Martin Ewi, del think tank Instituto para el Estudio de la Seguridad (ISS), explica en El País que, «antes de conquistar Mosul, el EI no era una organización tan fuerte, como tampoco lo era el grupo nigeriano antes de autoproclamar su califato en Gwoza. Con la toma de Gwoza, Boko Haram se asegura recursos y un puerto desde donde planear con tiempo su siguiente paso». «Desde agosto, el grupo es más poderoso, tiene ambiciones que antes no tenía», añade.

El 1 de septiembre el Ejército nigeriano repelió un ataque de Boko Haram en Bama, también en Borno, con al menos 59 milicianos muertos, y el 12 de ese mes mató a más de cien militantes islamistas en Kodunga. En acciones armadas contra el vecino Camerún, el grupo ha perdido casi 150 activistas en dos choques ocurridos en la región fronteriza de Fotokol.

En septiembre de 2014, Boko Haram controlaba ya trece localidades en los estados de Adamawa y Borno, y cerca de unos 20.000 kilómetros cuadrados.

Incapacidad del Gobierno

Hasta el momento, el Gobierno nigeriano del presidente Goodluck Jonathan, que sigue manteniendo la existencia de negociaciones de paz, se ha mostrado totalmente incapaz de responder tanto al secuestro de las niñas como al resto de las maniobras del grupo terrorista. Boko Haram centra sus ataques en una zona declarada en estado de emergencia desde 2012, pero electoralmente estéril para el partido gubernamental.

Ello ha llevado a los grupos de la oposición a acusar a las autoridades de no tener interés en resolver una crisis que, en teoría, no parece determinate de cara a las próximas elecciones, a las que Jonathan volverá a presentarse como candidato. La incompetencia del Ejército desplegado en la zona sería la prueba. Según datos del centro de análisis Chatham House, citados también por El País, de los 2.000 millones de dólares (1.600 millones de euros) del presupuesto de las Fuerzas Armadas nigerianas, solo 100 millones se destinan al despliegue en el noreste.

Algunos analistas, sin embargo, consideran que el problema es más complejo, y que no se puede olvidar la dificultad que supone para los militares combatir en la zona del país que controla Boko Haram.

En cuanto al supuesto interés del Gobierno en no acabar con la crisis, el analista político Nii Akuetteh, exdirector del grupo pro derechos humanos Africa Action, señalaba al canal en inglés de Al Jazeera que «se trata de una teoría conspiratoria sin sentido, porque, aunque no tenga mucha influencia electoral en el norte, el efecto de vencer a Boko Haram sería muy positivo parea el presidente Jonathan en todo el país».

Para Akuetteh, la solución pasa por un mayor compromiso internacional, y por poner la crisis nigeriana en un lugar prioritario, algo esencial, ya que Boko Haram tiene, al igual que el Estado Islámico, un carácter transacional. Sus objetivos no se limitan a Nigeria, por lo que su consolidación puede suponer un importante riesgo de contagio a países vecinos en África Occidental, como Níger o Camerún.

El investigador y especialista en Boko Haram Aliyu Musa, por su parte, confiesa no entender la actitud del Gobierno nigeriano, ya que «combatir a Boko Haram solo puede darle beneficios al presidente, incluso si la situación se agrava y tiene que declarar un estado de guerra en el país, lo que le permitiría mantenerse en el poder sin necesidad de convocar elecciones».

Atrocidades del ejército

El ejército, desmoralizado y que en muchos casos ha evitado los combates con los militantes de Boko Haram, no se enfrenta tan solo a problemas logísticos o de actitud. Los graves abusos perpetrados por los militares allanan a menudo el camino a Boko Haram a la hora de reclutar militantes en la zona, e impiden, al menos en teoría, que los países occidentales presten una mayor ayuda armamentística al Gobierno nigeriano.

El pasado mes de agosto, Amnistía Internacional publicó un detallado informe en el que denunciaba las «atrocidades» cometidas por el ejército de Nigeria y por grupos afines al Gobierno en el marco de la lucha contra la milicia islamista. La ONG recabó en el estado de Borno testimonios e imágenes que ponen de manifiesto ejecuciones extrajudiciales y otras violaciones de los derechos humanos que habrían sido cometidas en los últimos meses. Para Amnistía, los abusos registrados podrían ser constitutivos de crímenes de guerra.

Entre los casos denunciados figura un «espantoso incidente» cerca de la ciudad de Maiduguri ocurrido el pasado 14 de marzo. Amnistía Internacional localizó un vídeo en el que supuestos miembros del Ejército y de la Fuerza Civil de Acción Conjunta (milicias afines al Gobierno) degüellan a varios detenidos antes de arrojarlos a una fosa. Las imágenes, captadas al parecer el pasado 14 de marzo tras un ataque de Boko Haram, muestran a 16 hombres sentados en línea que van siendo ejecutados «uno por uno».

Amnistía internacional denunció que «más de 600 personas» fueron ejecutadas extrajudicialmente en varios lugares de Maiduguri después de que Boko Haram asaltase una cárcel y liberase a numerosos miembros de la secta islamista. La ONG expuso asimismo en su informe una serie de «atrocidades» cometidas en Bama, donde miembros del Ejército y de la Fuerza Civil Conjunta juntaron a unos 300 hombres y les obligaron a desnudarse. A continuación, los identificados como supuestos miembros de Boko Haram fueron obligados a tumbarse en el suelo y recibieron golpes de palos y machetes. «Tenéis que pegarles, incluso matarlos. Son de Boko Haram», dice uno de los militares presentes.

Fundamentalismo y pobreza

Como ocurre en Siria e Irak, tanto en Nigeria como en otros países donde el yihadismo fundamentalista ha experimentado espectaculares avances en los últimos años, las soluciones meramente militares, por eficaces que puedan parecer a corto plazo, difícilmente resolverán el problema de fondo.

El fundamentalismo islámico, y Boko Haram no es una excepción, es un fenómeno muy complejo cuya expansión obedece a multitud de causas, desde la más obvia, es decir, la conquista de territorios por la fuerza y a través del terror que impone su naturaleza extremadamente violenta, hasta otras más variables, como la dificultad de luchar contra un enemigo cuya organización y capacidad de renovación en sus estructuras jerárquicas desafían constantemente las tácticas de un ejército convencional. La batalla, por más que el establecimiento de «califatos» haya cambiado en parte el escenario, sigue siendo más ideológica que territorial, y, por tanto, mas difícil de combatir.

Es posible, sin embargo, que ninguna de estas razones sea tan importante como el hecho de que estos grupos son capaces de ofrecer opciones, reales o no, a los elementos más desfavorecidos y desarraigados de poblaciones duramente golpeadas por la miseria y la opresión. La pobreza es, al final, la auténtica gasolina que nutre el motor del fundamentalismo.

En el tercer trimestre de 2013, el PIB de Nigeria creció un 6.8% anual, y el Fondo Monetario Internacional (FMI) calcula que este año lo haga al 7.3%. Sin embargo, y según informa la CNN, el nivel de pobreza del país aumentó 6 puntos porcentuales entre 2004 y 2010. Seis de cada 10 nigerianos viven con menos de un dólar al día, según cifras de la Oficina Nacional de Estadísticas.

Por otra parte, y aunque Nigeria está dentro de las 30 mayores economías del mundo, en el Índice de Desarrollo Humano ocupa el puesto 153 de un total de 207 países. La esperanza de vida es de 52 años y el nivel de escolaridad de sólo 5,2 años. Y es precisamente en los estados donde se refugia Boko Haram donde la precariedad es más notoria. El desempleo en Borno y en Yobe, los territorios en los que más ha crecido la organización terrorista, supera el 26%.