El nadador

 Paul Sierra, "The Swimmer #23" (óleo, 2008)

—Giuseppe Verdi… Es un honor tenerle aquí. Gracias por venir.

—No hay de qué, me encanta su programa.

—¿Escucha mucho la radio?

—Siempre que puedo.

—¿No le resulta extraña la música actual?

—No.

—Hace ciento diecisiete años que no compone usted nada…

—Correcto.

—¿Y a qué se dedica?

—Nado.

—¿Nada?

—No, nado. Es difícil de explicar.

—Inténtelo.

—Al principio resulta abrumador, pero en el fondo es tremendamente sencillo. Lo increíble es no darse cuenta.

—¿Darse cuenta?

—Estás en un café, sentado junto a la ventana, mirando a la calle…

—Sí.

—Y en la calle, la gente pasa, caminando… Alguien entra de pronto en tu campo de visión, lo atraviesa, y después se va, desaparece. Y luego alguien más, o dos a la vez. Por la derecha, por la izquierda…

—¿Y?

—Todos dejan un rastro. Todo deja un rastro. Y yo lo veo.

—¿El aura?

—Por Dios, no…

—¿Un rastro? ¿Como los caracoles? ¿La huella de carbono?

—No. Es… Todo lo que ocurre se… Mis ojos… Al final del día ese pedazo de calle es como un mercado lleno de gente, pero sin ruido. Una multitud silenciosa. Aunque aparentemente no quede nadie ya… Todas las imágenes permanecen en la trayectoria que ocuparon al pasar, se superponen, se entremezclan, todas juntas. El hombre que llevaba a su hijo de la mano a las ocho y media de la mañana, la vieja que arrastraba un carro de basura a mediodía, la chica de la bicicleta de las siete de la tarde, el reflejo de la camarera del café en el cristal cuando encendieron las luces… Al final del día es como un solo ser hecho de cientos de seres. En armonía. Como una danza, las voces fundidas del coro… Un río de mil colores, mil brillos, mil texturas… Pero el mismo río, en el mismo lugar…

—¿Y luego?

—Luego sólo tengo que salir del café, echarme al agua y empezar a nadar.


Imagen: Paul Sierra, “The Swimmer #23”, óleo, 2008 (detalle)