Elecciones legislativas en EE UU: por qué son cruciales, qué está en juego y cómo llegan republicanos y demócratas

Estados Unidos celebra este martes día 8 elecciones legislativas, unos comicios que decidirán la nueva composición de las dos cámaras del Congreso (la Cámara de Representantes, o Cámara Baja; y el Senado, o Cámara Alta), y que determinarán por tanto el margen de maniobra que tendrá Joe Biden durante el resto de su actual presidencia. Las legislativas se celebran cada dos años, por lo que tienen lugar a medio mandato. Son consideradas por ello, además, una oportunidad para que los votantes se pronuncien, aunque sea indirectamente, sobre la labor presidencial.

En 36 estados se celebrarán además votaciones para elegir gobernadores y secretarios estatales. Estos últimos son los encargados de ratificar el recuento de votos en las elecciones presidenciales, una labor crucial, a la vista de lo ocurrido en los últimos comicios.

Biden lleva semanas intentando convencer a los votantes de que estas serán unas elecciones decisivas en temas clave como el aborto, las armas o el matrimonio igualitario, sobre los que ha prometido legislar a nivel federal si logra conseguir mayorías suficientes en el Congreso. «Estas son las elecciones de medio mandato más importantes de nuestras vidas. Y eso no es una hipérbole. Van a dar forma a cómo será este país durante la próxima década o más. No es una broma», dijo el presidente hace una semana, al votar por adelantado en Delaware, su estado natal.

El presidente ha llegado a decir, varias veces, que «la democracia está en peligro», durante una campaña que tanto el actual mandatario como su antecesor, Donald Trump, han convertido en una especie de continuación de los comicios de 2020, y en un adelanto de lo que puede pasar en los de 2024. 

Biden ha arremetido contra los candidatos apoyados por Trump —a los que llama «republicanos MAGA», acrónimo de «Make America Great Again» (Hagamos a Estados Unidos grande de nuevo), el eslogan de campaña y de la presidencia de Trump— y ha definido los comicios como «una batalla por el alma» de EE UU.

«Esta es una elección entre dos visiones diferentes de Estados Unidos», dijo Biden este domingo en Filadelfia, durante un mitin multitudinario en el que apareció junto al expresidente Barack Obama, y en el que el mensaje principal fue pedir a los ciudadanos que voten. Unos 36 millones de personas ya lo han hecho por adelantado, pero los demócratas necesitan lograr una alta participación para ganar las batallas claves.

Trump, vivito y coleando

Por su parte, Trump, que sigue siendo el líder de Partido Republicano, ha jugado durante la campaña un papel cuya intensidad no tiene prácticamente precedentes. 

Históricamente, los expresidentes suelen adoptar un perfil político bajo tras dejar la Casa Blanca. Trump, sin embargo, sigue sin reconocer su derrota frente a Biden, ha continuado propagando sus mentiras sobre fraude electoral, ha recaudado millones de dólares para los candidatos que le son fieles y, lo más importante, ha ido dejando cada vez más claras sus intenciones, adelantando que «muy probablemente» volverá a ser candidato en las presidenciales de 2024.

Estas elecciones serán, además, las primeras que celebra el país desde el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, cuando una turba de seguidores de Trump irrumpió en el Congreso para impedir que se ratificara la victoria de Biden. Es una herida que aún no ha acabado de cicatrizar, en un contexto en el que se ha disparado la polarización ideológica.

A mediados de octubre, el grupo de expertos Soufan Group alertaba en un informe sobre la posibilidad de un nuevo estallido de violencia política durante estas elecciones legislativas, debido a la situación de «hiperpartidismo» que, señalaban, atraviesa el país, alimentado en particular por redes sociales de ultraderecha. Este estado de crispación alcanzó su máxima expresión en el ataque sufrido el 28 de ese mes por Paul Pelosi, el esposo de la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi.

Soufan describió la situación actual como resultado de multitud de temas de discordia entre demócratas y republicanos durante los dos primeros años de la administración Biden, incluyendo la histórica decisión del conservador Tribunal Supremo contra el aborto, la lucha contra la pandemia, la crisis económica derivada de la guerra de Ucrania (en especial la subida de la inflación), los procesos judiciales contra los participantes en el asalto al Capitolio, o la investigación abierta contra Trump.

En este contexto se ha vuelto especialmente complicado llegar a pactos que hagan posible que una formación apruebe nuevas leyes, a menos que ostente tanto la presidencia como el liderazgo de las dos cámaras.

Así, si los republicanos recuperan el poder legislativo pueden obstaculizar los intentos de la Administración demócrata de Biden de sacar adelante nuevas propuestas. Ya han avisado de que se plantean utilizar una potencial mayoría para impulsar una avalancha de investigaciones, entre ellas una sobre las razones del registro de la mansión de Trump en Florida, y no descartan incluso la puesta en marcha de un juicio político (impeachment) contra el actual presidente.

Qué está en juego

La Cámara de Representantes se renueva íntegramente cada dos años. Sus 435 escaños se reparten en función de la población de cada uno de los estados (California, el más poblado, cuenta con 52 congresistas; Wyoming, el de menos habitantes, con solo uno).

Actualmente, los demócratas controlan este órgano legislativo gracias a sus 220 escaños, ocho más que los republicanos, lo que permite al partido de Biden aprobar sin problemas cualquier proyecto, o incluso impulsar iniciativas como la investigación por el asalto al Capitolio.

El Senado, por su parte, se renueva por tercios, con dos escaños por estado, independientemente de su población. Cada senador obtiene un mandato de seis años y, en esta ocasión, están en juego 35 escaños procedentes de un total de 34 estados.

La Cámara Alta, que tiene entre sus competencias avalar o tumbar cargos públicos o jueces nombrados por el presidente, está actualmente dividida, con 50 escaños para cada uno de los dos grandes partidos. Sin embargo, técnicamente, está controlada por los demócratas, ya que el voto de desempate recae en la Presidencia del Senado, ejercida por la ‘número dos’ de Biden, la vicepresidenta del país, Kamala Harris.

Controlar al menos una de las cámaras es clave para cualquiera de los dos grandes partidos, ya que permite promover una agenda legislativa propia u obstaculizar la del contrario. El presidente, no obstante, tiene margen para promulgar o vetar las leyes que emanen del Congreso.

Qué puede ocurrir

Tradicionalmente el partido en la Casa Blanca se ve penalizado en las elecciones de medio mandato, y esta vez no parece ser una excepción: tras un inicio de campaña optimista para el bando demócrata, la balanza en los sondeos se ha ido inclinando cada vez más en favor de los republicanos, espoleados, más allá de las llamadas ‘guerras culturales’, por una campaña centrada en culpar a las políticas demócratas de la inflación desbocada que sufre el país.

La media ponderada de encuestas elaborada por la web FiveThirtyEight otorga a los demócratas un 45% de posibilidades de mantener su ventaja en el Senado y solo un 16% de hacerlo en la Cámara de Representantes.

El escenario más probable apunta, por tanto, a una victoria republicana en la Cámara de Representantes. De ser así, Biden y sus seguidores perderían capacidad para promover algunas de las medidas que han prometido impulsar, como una ley federal para el derecho al aborto, salvaguardar el matrimonio entre personas del mismo sexo, o introducir nuevos controles a la venta de armas de asalto.

El Partido Republicano, además, lograría revertir la tendencia de las últimas elecciones en un contexto clave, previo a las presidenciales de 2024, y contaría con uno de sus miembros como tercera máxima autoridad del país. El actual líder de la minoría en la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy, es la opción más probable para presidir el órgano.

Mientras, en el Senado, los demócratas tienen, en principio, más opciones de conservar el control, aunque todo indica que no habrá grandes desequilibrios en favor de ninguna de las dos partes. 

Si los republicanos diesen la sorpresa y controlasen también la Cámara Alta, se complicaría la estabilidad política de Biden, al que solo le quedaría recurrir a la herramienta del veto y esperar una suerte mejor a dos años vista. Sin ninguna de las dos cámaras bajo su control, el presidente estaría abocado a centrarse en temas que no dependan tanto del aval del Congreso, como propuestas en política exterior, si quiere dejar algún legado de calado en sus últimos años o reforzar su campaña de cara a la potencial reelección en las presidenciales de 2024.

Los estados clave

Pensilvania, Nevada, Georgia, Ohio, Arizona, Michigan y Wisconsin ocuparán la atención en la noche electoral.

La carrera será particularmente dura en Arizona, Georgia o Pensilvania. En Georgia, Raphael Warnock y Herschel Walker están empatados en intención de voto al 48% para el Senado. Lo mismo ocurre en Arizona, donde el demócrata Mark Kelly saca ventajas de apenas entre uno y dos puntos al republicano Blake Masters. 

En Pensilvania, todo apunta a que el «gigante» John Fetterman, demócrata, obtendrá la victoria sobre el candidato republicano, el cirujano y presentador de televisión Mehmet Oz, un candidato emergido, como Walker, al calor del trumpismo. Pero no es descartable un vuelco.

Pensilvania, que podría determinar qué partido controla el Senado, tiene además un gran significado simbólico: Obama ganó este estado en los comicios de 2008 y 2012, Trump se lo arrebató a los demócratas en 2016, y Biden lo recuperó en 2020.

Aborto, armas, marihuana…

Al margen de las elecciones legislativas, en 36 estados se celebrarán votaciones para elegir gobernador y multitud de cargos estatales y locales, entre ellos las mencionadas Secretarías de Estado.

Los sondeos pronostican suertes diversas para los partidos: los demócratas pueden recuperar Masachusets y Maryland y los republicanos Nevada, Wisconsin e incluso Oregón, donde la irrupción de un tercer candidato ha marcado la carrera.

También habrá elecciones locales en decenas de ciudades, mientras que se someterán a votación más de un centenar de medidas de ámbito estatal.

En varios estados se votarán propuestas que pueden restringir el derecho al aborto tras el histórico fallo del Tribunal Supremo en su contra (California, Míchigan y Vermont buscan blindar su acceso, mientras que Kentucky y Montana quieren limitarlo más aún), y la lista total incluye iniciativas sobre las armas, el juego, la marihuana (cinco estados plantean su uso con fines recreativos), o la prohibición de la llamada «servidumbre impuesta» como castigo, un punto que afecta a las personas encarceladas y al trabajo que en ocasiones efectúan en prisión sin remuneración a cambio.


Con información de Efe y Europa Press

Los nombres del gabinete de Biden: estos son los elegidos para dar un giro de 180 grados a Estados Unidos

Aunque aún deben ser confirmados por el Senado, el presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, tiene ya prácticamente decididos a todos los miembros del equipo con el que arrancará su legislatura, cuatro años en los que el demócrata pretende dar un giro total al maltrecho país que le deja en herencia Donald Trump.

Y esa intención de cambio es, precisamente, lo primero que destaca en el nuevo Gobierno. Trump llegó a las elecciones con un gabinete compuesto por 20 hombres y cuatro mujeres, un único afroamericano (a la cabeza del Departamento de Urbanismo) y solo una latina (encargada de pequeñas y medianas empresas). 

Por contra, y aparte del hecho histórico de que Kamala Harris vaya a convertirse en la primera mujer en ocupar la vicepresidencia de EE UU, el gabinete de Biden será el más diverso de la historia del país y el primero con paridad de género. «Como prometí, este es un gabinete que representa cómo es Estados Unidos, y que aprovecha todo el abanico del potencial que tenemos en nuestra nación», dijo el presidente electo.

Doce de los 24 nominados por Biden para su gabinete son mujeres (incluyendo dos candidatas para liderar Inteligencia Nacional y el Departamento del Tesoro, algo sin precedentes), menos de la mitad de todos los designados son de raza blanca (cuatro son latinos, uno de ellos al frente de inmigración), y habrá, si son confirmados, afroamericanos al frente de puestos tan importantes como el Departamento de Defensa o la representación ante la ONU.

Tranquilidad para el ‘establishment’

La diversidad —presente no solo en los puestos de dirección, sino también en la composición de los departamentos en sí—, no es, en cualquier caso, el único denominador común del nuevo gabinete: la mayoría de los nombrados tienen una larga experiencia en cargos públicos de responsabilidad (a diferencia de muchos de los elegidos por Trump: millonarios, ideólogos o fieles al magnate que ocupaban puestos de gobierno por primera vez), y casi todos trabajaron anteriormente en la Administración de Barack Obama.

Se trata, además, de perfiles ampliamente reconocidos en sus respectivos campos, y también afines, en principio, al ala más moderada del Partido Demócrata

De momento no habrá en el nuevo Gobierno estadounidense ningún Sanders (Biden reveló que estuvo a punto de incluir al senador por Vermont en su equipo, pero no quiso poner en riesgo el control demócrata del Senado) ni ninguna Ocasio-Cortez. Nadie a quienes los republicanos puedan acusar de ‘socialistas’, o que puedan despertar recelos en los demócratas más conservadores.

Porque aunque el Senado tenga ahora mayoría demócrata, y el riesgo de que los candidatos de Biden sean rechazados en la Cámara Alta sea menor, la lucha interna en el Partido Demócrata entre ‘moderados’ y ‘radicales’ no solo sigue existiendo, sino que es probable que marque muchos momentos clave de la nueva legislatura.

Estos son, uno a uno, los nuevos hombres y mujeres más importantes del presidente:

Relaciones internacionales y seguridad nacional

Secretario de Estado: Antony Blinken

Centrista y moderado como el propio Biden, Antony Blinken (58 años) se encargará de las relaciones internacionales al frente del Departamento de Estado (equivalente a un Ministerio de Exteriores), uno de los puestos con más peso en el Gobierno. 

Antony Blinken, conocido como Tony, ya fue número dos del Departamento durante los dos últimos años de la presidencia de Barack Obama. Habla francés de manera fluida y es un firme defensor del multilateralismo, por lo que tratará de reforzar las desgastadas relaciones con los países aliados, castigadas por la Administración de Trump durante los últimos cuatro años. 

El que con toda probabilidad será nuevo secretario de Estado cree en la acogida de refugiados en EE UU, y en Europa como socio principal. Con respecto al conflicto palestino-israelí no parece razonable esperar un gran cambio en la política estadounidense: Blinken defiende que la solución de dos Estados es «la única manera de defender el futuro de Israel como un Estado democrático y judío».

Tendrá en sus manos, por ejemplo, la gestión de los planes de Biden de volver a integrar a EE UU en el Acuerdo de París contra el cambio climático.

Secretario de Defensa: Lloyd Austin

La nominación del general retirado Lloyd Austin para secretario de Defensa (y jefe del Pentágono) es tan histórica —sería el primer afroamericano en ocupar el cargo— como polémica

La controversia radica en una ley creada en 1947 y modificada en 2008, según la cual tienen que pasar al menos siete años para que los militares retirados puedan ocupar el cargo de secretario de Defensa. Puesto que Austin solo lleva cuatro años como civil, para incorporarse al gabinete de Biden, necesitará no solo el visto bueno del Senado, sino la aprobación de una excepción por parte de ambas cámaras del Congreso que le permita sortear la ley.

Biden afirmó al proponerlo que «no pediría esta excepción si no creyera que este momento en la historia lo exige».

Austin, de 67 años, fue jefe del Comando Central encargado de las operaciones en Irak, Afganistán, Yemen y Siria, la mayoría de los países en los que EE UU está en guerra. Como general del Ejército de Tierra, ocupó ese cargo entre 2013 y 2016, cuando se retiró tras casi 40 años de servicio.

Secretario de Seguridad Nacional: Alejandro Mayorkas

El equipo de Seguridad Nacional de Biden estará encabezado por un latino, el cubano-estadounidense Alejandro Mayorkas, quien ya ocupó un cargo en ese grupo durante el Gobierno de Obama. Mayorkas, subsecretario del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) entre 2013 y 2016, encabezará una agencia que tiene a su cargo asuntos claves como la seguridad fronteriza y la inmigración.

Nacido en La Habana en 1959, Mayorkas ha sido además director de Servicios de Ciudadanía e Inmigración de EE UU, una de las dependencias que maneja el DHS. Durante su gestión, lideró el desarrollo y la implementación del programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, en inglés), el plan que la Administración de Obama diseñó para proteger de la deportación a los miles de jóvenes traídos por sus padres indocumentados a EE UU cuando eran niños (los conocidos como dreamers, soñadores).

Su nombramiento ha sido interpretado com un guiño de Biden a la inmigración tras cuatro años de mano dura de Trump.

Directora de Inteligencia Nacional: Avril Haines

De ser confirmada por el Senado, Avril Haines, de 51 años, se convertirá en la primera mujer en dirigir el Departamento de Inteligencia Nacional de Estados Unidos.

Haines sirvió en la Administración de Obama como abogada de Seguridad Nacional y fue subdirectora de la CIA entre 2013 y 2017. De hecho, fue también la primera mujer en ocupar ese segundo cargo, y durante el tiempo que estuvo en el puesto decidió no aplicar medidas disciplinarias contra el personal de la agencia al que un comité del Senado acusó de haber entrado de manera improcedente en sus ordenadores.

Embajadora ante las Naciones Unidas: Linda Thomas-Greenfield

La veterana diplomática Linda Thomas-Greenfield, de 68 años y nacida en Baker (Luisiana), será el rostro de Washington ante las Naciones Unidas, en lo que se prevé como el regreso de EE UU al multilateralismo.

Thomas-Greenfield fue la secretaria de Estado Asistente para Asuntos Africanos entre 2013 y 2017. Desde ese puesto se encargó de coordinar las políticas de la Administración de Obama para África.

Durante sus más de 35 años de experiencia en el servicio exterior de EE UU, ha sido embajadora en Liberia entre 2008 y 2012, y ha desempeñado diversos cargos en las legaciones de Kenia, Pakistán o Suiza.

Abandonó la carrera diplomática en 2017 en medio de la controvertida renovación llevada a cabo por Trump en el Departamento de Estado.

Política económica

Secretaria del Tesoro: Janet Yellen

Si, como se espera, el Senado la ratifica como secretaria del Tesoro, Janet Yellen, antigua responsable de la Reserva Federal (Fed), será la primera mujer en ocupar esta esencial cartera (equivalente a un Ministerio de Finanzas, o de Economía), un hito que ya marcó al ser la primera presidenta del banco central estadounidense, entre 2014 y 2018.

Yellen será la encargada de liderar el trabajo del Gobierno en la recuperación económica de la crisis provocada por la pandemia. En la Fed, destacó por prestar más atención de lo habitual en sus predecesores al mandato de promover un mercado laboral fuerte, además de al mantenimiento de la inflación, lo que le costó algunas críticas de republicanos que consideraban que se estaba extralimitando.

A sus 74 años, Yellen es una figura muy respetada en Washington. Es doctora en Economía por la Universidad de Yale y ha sido profesora en centros tan prestigiosos como Harvard, la London School of Economics, o Berkeley.

Directora del Consejo de Asesores Económicos: Cecilia Rouse

Cecilia Rouse es economista laboral y decana de la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Princeton. Fue miembro del Consejo de Asesores Económicos (CEA) durante la Administración de Obama, y del Consejo Económico Nacional durante la Administración de Clinton. Si es confirmada, Rouse será la pimera persona afroamericana en presidir la CEA.

Representante de Comercio Exterior: Katherine Tai

La letrada Katherine Tai ya trabajó para la Oficina del Representante de Comercio Exterior durante la presidencia de Obama, como la principal abogada encargada de asuntos con China. Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, Tai era la asesora comercial jefe de los demócratas en el Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara Baja.

Fue la segunda mujer de origen asiático nominada por Biden para ocupar un puesto de rango ministerial en su gabinete, después de que el presidente electo propusiera a Neera Tanden como directora de la Oficina de Administración y Presupuesto.

Secretaria de Comercio: Gina Raimondo

La elegida para liderar el Departamento de Comercio es la actual gobernadora del estado de Rhode Island, y fue una de las candidatas que Biden llegó a considerar como vicepresidenta, antes de decidirse por Kamala Harris. 

Al principio de su carrera, Gina Raimondo fundó una empresa de capital de riesgo y fue la tesorera general de Rhode Island. Como gobernadora se ha centrado en formación laboral, préstamos para pequeñas empresas y energías limpias.

Jefa de la Administración de Pequeñas Empresas: Isabel Guzmán

Primera mujer latina elegida para el gabinete, Isabel Guzmán creció en California, trabajando junto a su padre en pequeños negocios veterinarios. Es, desde abril de 2019, la directora de la Oficina de Promoción de Pequeñas Empresas en ese estado, una posición para la cual fue designada por el gobernador Gavin Newsom. 

Guzmán es también fundadora de un negocio llamado GovContractPros, que ayuda a las empresas pequeñas en los trámites de contratos con el Gobierno federal. Durante el Gobierno de Obama ocupó un puesto ejecutivo en el mismo departamento del que ahora se hará cargo.

Otros miembros del gabinete

Fiscal General: Merrick Garland

En 2016, Obama designó a Merrick Garland para el Tribunal Supremo, pero la mayoría republicana en el Senado bloqueó durante meses su confirmación para poder colocar a un magistrado más conservador después de las elecciones de ese año. La maniobra rompió el sueño del meticuloso juez federal, que lleva más de dos décadas en la Corte de Apelaciones del Distrito de Columbia. Ahora, Joe Biden ha decidido darle una segunda oportunidad, nominándolo como Fiscal General (equivalente a un ministro de Justicia) de EE UU.

Garland, de 68 años, se estrenó hace décadas en el Departamento de Justicia como asistente del que entonces era fiscal general, Ben Civiletti. Ha asegurado que sus prioridades, si le confirma el Senado, serán «asegurar la igualdad racial en el sistema de justicia» y combatir «la amenaza cambiante del extremismo violento».

Secretario de Salud: Xavier Becerra

Actual fiscal general de California, Xavier Becerra, de origen mexicano, tiene más de 20 años de experiencia legislativa. Llegó a ser el hispano con mayor rango en el Congreso, ayudó a impulsar la aprobación de la ley conocida como Obamacare, y lideró en noviembre su defensa ante el Tribunal Supremo.

Si es confirmado por el Senado, Becerra será el primer latino en dirigir el Departamento de Salud y Servicios Humanos.

Secretaria de Vivienda y Desarrollo Urbano: Marcia Fudge

Marcia Fudge, de 68 años, es congresista por Ohio en la Cámara Baja desde 2009 y anteriormente fue alcaldesa de la ciudad de Warrensville Heights, también en ese estado.

Si es confirmada por el Senado, la legisladora demócrata será la segunda persona afroamericana con rango ministerial en el gabinete de Biden, junto al general retirado Lloyd Austin en Defensa.

Secretario de Agricultura: Tom Vilsack

Tom Vilsack, de 69 años, fue secretario de Agricultura durante los ocho años de la presidencia de Obama. Antes de llegar al Gobierno federal, Vilsack fue gobernador de Iowa, senador estatal y alcalde.

Secretario de Asuntos de los Veteranos: Denis McDonough

Denis McDonough es también un viejo conocido de Joe Biden. Trabajó en la Administración de Obama como jefe de Gabinete, viceasesor de Seguridad Nacional y jefe de Gabinete del Consejo de Seguridad Nacional.

Secretario de Trabajo: Marty Walsh

Marty Walsh, actual alcalde de Boston, fue miembro de la Cámara de Representantes de Massachussets y, anteriormente, presidente sindical. Durante sus dos legislaturas al frente de la alcaldía de Boston se ha centrado en cuestiones como el aumento del salario mínimo. Cuenta con el respaldo de los grandes sindicatos del país. 

Biden desveló que se planteó nominar como secretario de Trabajo a Bernie Sanders, su principal rival en las primarias demócratas y una de las figuras progresistas más influyentes de EE UU. Sin embargo, tras constatar el ajustado resultado de las elecciones al Senado en Georgia, decidió que no podía arriesgarse a dejar vacante el escaño por Vermont que ocupa Sanders, y que los republicanos pudieran conquistarlo y quitarles las riendas de la Cámara Alta.

Secretario de Transporte: Pete Buttigieg

Pete Buttigieg, exrival de Biden en las primarias demócratas y uno de los rostros emergentes del Partido Demócrata, podría convertirse en el primer miembro de la comunidad LGTBI en ser confirmado por el Senado de EE UU para un puesto de secretario en el Gobierno.

Catapultado a la fama por las primarias, el exalcalde de South Bend (Indiana), pasó de ser un desconocido para la mayor parte de los estadounidenses a ser el favorito en la bancada moderada del partido, después de ganar por un estrecho margen los caucus de Iowa.

Buttigieg, de 38 años y abiertamiente gay, se perfiló como un milenial modélico que mezclaba su mensaje de esperanza con valores profundamente cristianos y la constante reivindicación de su condición como veterano del Ejército, ya que combatió en Afganistán.

Secretaria de Energía: Jennifer Granholm

Gobernadora de Michigan entre 2003 y 2011, Jennifer Granholm es una defensora del vehículo eléctrico y del desarrollo de tecnologías energéticas alternativas, por lo que su nombramiento se interpreta como un espaldarazo de Biden al combate a la crisis climática.

El Departamento de Energía está encargado del mantenimiento del programa de armas nucleares, algo en lo que Granholm no tiene experiencia y que consume aproximadamente el 75% de su presupuesto, unos 27.000 millones de dólares.

Secretaria de Interior: Deb Haaland

La legisladora Deb Haaland será, si es confirmada por el Senado, la primera nativa americana al frente del Departamento de Interior. Su elección supone un punto de inflexión en los 171 años de historia del departamento encargado de administrar los recursos naturales del país, incluidos los territorios tribales, y que ha tenido una relación complicada con las 574 tribus reconocidas a nivel federal en EE UU.

Haaland prometió que convertirá el departamento en una institución que mitigue la crisis climática, tras años en los que ha sido el principal promotor de los combustibles fósiles.

Secretario de Educación: Miguel Cardona

El latino Miguel Cardona es un antiguo profesor de escuela pública y el actual encargado de supervisar todos los centros educativos en el estado de Connecticut. Con la propuesta de Cardona, Biden cumple con su promesa de elegir a un profesor como secretario del Departamento de Educación. 

Nacido en Connecticut de padres puertorriqueños, Cardona ejerce desde 2019 como secretario de Educación de ese estado, un puesto desde el que ha tenido que supervisar la enseñanza a distancia de miles de estudiantes debido a la pandemia. Cuando los centros de enseñanza cerraron sus puertas, Cardona se apresuró a entregar 100.000 ordenadores portátiles a los estudiantes de su estado para asegurarse de que podían seguir las clases.

Otros puestos clave

Director de la CIA: William Burns

Willliam J. Burns es un veterano diplomático que acumula tres décadas de experiencia en el servicio exterior (desde 1982) y que, entre otros cargos, ha sido embajador en Rusia (2005–08) y adjunto al secretario de Estado (2011–14).

Biden ha asegurado que Burns comparte con él la convicción de que los servicios de inteligencia deben ser «apolíticos» y que sus servidores han de ser vistos con «gratitud y respeto», al tiempo que señala que los estadounidenses «dormirán más tranquilos» con él al frente de la CIA.

Será el primer jefe del servicio de inteligencia, espionaje y contraespionaje que procede del Departamento de Estado, con lo que su perfil se adapta más al de un diplomático que al del más típico «halcón» nombrado tradicionalmente al frente de la CIA.

Burns suma a su largo currículum su experiencia en el proceso de paz en Oriente Medio y en el acuerdo nuclear con Irán durante la Administración de Obama.

Administradora de la Agencia para el Desarrollo Internacional: Samantha Power

Samantha Power trabajó para la Administración de Obama como embajadora de EE UU ante las Naciones Unidas y, anteriormente, formó parte del personal del Consejo de Seguridad Nacional como asesora especial del presidente y directora sénior de Asuntos Multilaterales y Derechos Humanos.

De origen irlandés y licenciada en Artes por la Universidad de Yale, Power comenzó su carrera como corresponsal de guerra en Bosnia y, antes de su servicio en el Gobierno, fue directora ejecutiva fundadora del Centro Carr para Políticas de Derechos Humanos en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard.

Directora de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades: Rochelle Walensky

La doctora Rochelle Walensky, experta en enfermedades infecciosas de la Escuela de Medicina de Harvard, y que ejerce actualmente en el Hospital General de Massachusetts, en Boston, es la elegida como próxima directora de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC).

Walensky será uno de los principales nombres en la lucha contra la pandemia, junto al propuesto como secretario de Salud, Xavier Becerra; el epidemiólogo principal del país, Anthony Fauci (como asesor médico jefe de Biden); Jeffrey Zients, un exfuncionario de la Administración de Obama y que dirigirá la respuesta a la COVID-19 desde la Casa Blanca; y el doctor Vivek Murthy, nominado a cirujano general de EE UU, cargo que ya ocupó en los últimos años de Obama.

Director de la Agencia de Protección Medioambiental: Michael Regan

Michael Regan es actualmente es el máximo responsable de calidad ambiental en Carolina del Norte y previamente trabajó en la Agencia de Protección Medioambiental durante las administraciones de Bill Clinton (1993–2001) y de George W. Bush (2001–2009).

«Vamos a actuar con urgencia contra el cambio climático, protegiendo el agua e implementando un marco de justicia medioambiental», ha prometido Regan, quien, no obstante, también ha tendido una mano a la industria de los combustibles fósiles para encontrar «puntos en común» y trabajar por un futuro mejor.

De ser confirmado por la Cámara Alta, será el primer afroamericano en liderar el organismo.

Casa Blanca, consejeros y enviados especiales

Jefe de Gabinete: Ron Klain

Abogado y asesor de Biden durante años (incluyendo la etapa del Gobierno de Obama, la etapa en el Senado y la campaña electoral), Ron Klain será el Jefe de Gabinete del nuevo presidente, un puesto de gran influencia cuyo responsable es el encargado de dirigir la Casa Blanca en nombre del mandatario.

Klain, que fue el responsable de la respuesta de la Casa Blanca a la crisis del ébola en 2014, ha sido muy crítico con la gestión de la pandemia del coronavirus por parte del Gobierno de Trump,

Consejero de Seguridad Nacional: Jake Sullivan

Jake Sullivan, de 43 años, se perfila como uno de los asesores de Seguridad Nacional más jóvenes que ha tenido la Casa Blanca en décadas (el segundo más joven después de McGeorge Bundy, que ocupó el cargo con 41 años bajo el mandato de Kennedy). 

Con una amplia trayectoria en exteriores, fue también asesor de seguridad nacional de Biden durante su segundo mandato como vicepresidente de Obama, y subjefe de Gabinete de la exsecretaria de Estado Hillary Clinton, quien le definió como «un talento que se encuentra una vez en cada generación».

Sullivan tuvo un papel determinante en las negociaciones que condujeron al acuerdo nuclear con Irán en 2015.

Enviado Presidencial Especial para el Clima: John Kerry

Biden ha escogido a un peso pesado de la política estadounidense, John Kerry, para el nuevo cargo de Enviado Especial para el Clima (el llamado zar del clima), con el que el presidente electo quiere recalcar la urgencia de la lucha contra el calentamiento global por parte de su Administración.

De 76 años y nacido en Aurora (Colorado), Kerry es exsenador, ex secretario de Estado (entre 2013 y 2017, con Obama) y exaspirante demócrata a la Presidencia en 2004. En 2015, fue precisamente él quien ratificó la entrada de EE UU en el Acuerdo del Clima de París.

Su nombramiento no requiere la confirmación del Senado.

Director del Consejo Económico Nacional: Brian Deese

Como su principal asesor económico, Biden ha elegido a Brian Deese, quien jugó un importante papel en la negociación del Acuerdo de París bajo el Gobierno de Obama. Es otro de los nombramientos que pone de manifiesto la intención de Biden de usar su política económica para luchar contra el cambio climático. Al igual que en el caso de Kerry, este puesto tampoco necesita ser ratificado por el Senado.

Deese, de 42 años, lleva casi dos décadas trabajando para políticos demócratas: primero asesoró al propio Kerry durante su campaña presidencial de 2004 contra el entonces presidente George W. Bush (2001–2009) y, más tarde, trabajó para Hillary Clinton y para el después mandatario Barack Obama en los comicios de 2008.

Secretaria de Prensa: Jen Psaki

Jen Psaki es miembro del equipo de transición presidencial de Biden. Anteriormente trabajó en la Administración de Obama como directora de comunicaciones y portavoz del Departamento de Estado. 

Psaki también trabajó en las dos campañas presidenciales de Obama y en la campaña presidencial de 2004 de John Kerry.

Directora de la Oficina de Asuntos Intergubernamentales: Julie Chávez Rodríguez

La latina Julie Chávez Rodríguez, que trabajó también en el equipo de la campaña electoral de Biden, pasará a ocupar el puesto de directora de la Oficina de Asuntos Intergubernamentales de la Casa Blanca. 

Chávez Rodríguez es nativa de California con ascendencia mexicana y nieta del líder de derechos civiles César Chávez. Estuvo trabajando en la campaña presidencial de Kamala Harris como directora político-nacional y jefa de personal itinerante.

Durante la Administración de Obama, fue asistente especial del presidente y subdirectora principal de la Oficina de Participación Pública. También ha trabajado en el Departamento de Interior.

Asesor Principal de la Primera Dama: Anthony Bernal

El elegido para el puesto de Asesor Principal de la Primera Dama (la esposa del presidente, Jill Biden) Bernal fue jefe de personal y subdirector durante la campaña y ha trabajado para la familia Biden durante más de una década. 

Nacido en Arizona y graduado de la Universidad de Texas en El Paso, Bernal trabajó con el presidente Bill Clinton y el vicepresidente Al Gore y también ha ocupado varios puestos en el sector privado, incluso en relaciones internacionales en Coca-Cola.

Jefa de Gabinete de la Primera Dama: Julissa Reynoso Pantaleon

Reynoso Pantaleon es socia de un bufete de abogados global y ha sido nombrada como jefa de personal de Jill Biden. En la Administración de Obama, desempeñó el cargo de embajadora de Estados Unidos en Uruguay y fue subsecretaria de estado adjunta para el hemisferio occidental. 

Es originaria de la República Dominicana y emigró a los Estados Unidos cuando tenía 7 años. Creció en el Bronx y se graduó entre la Universidad de Harvard, la Universidad de Cambridge y la Facultad de Derecho de Columbia.

Vicesecretaria de Salud y Servicios Humanos: Rachel Levine

La elegida para ocupar la Vicesecretaría del Departamento de Salud y Servicios Humanos ha sido a la doctora Rachel Levine, que sería la primera persona abiertamente transgénero en ocupar un cargo de este nivel federal si recibe el apoyo del Senado.

Hasta ahora era secretaria de Salud de Pensilvania y una de las responsables de la gestión de la pandemia en el estado; puestos que, según el presidente electo, Joe Biden, ha alcanzado al demostrar una profunda experiencia y ser una servidora pública efectiva.

Ganar con menos votos que el rival: el peculiar sistema electoral de EE UU podría beneficiar de nuevo a Trump

En las elecciones de 2016 Donald Trump recibió unos 3,2 millones de votos menos que su rival demócrata, Hillary Clinton, a pesar de lo cual el candidato republicano obtuvo la victoria, al acaparar más votos en el Colegio Electoral. Cuatro años después, la historia podría repetirse.

Miles de simulacros por ordenador realizados en la Universidad de Columbia indican que, si el llamado voto popular (el número total de sufragios que recibe cada candidato) acaba siendo muy igualado, el peculiar sistema de Colegio Electoral por el que se rigen los comicios presidenciales en EE UU volverá a inclinarse la semana que viene a favor del actual inquilino de la Casa Blanca, aunque algo menos que en 2016, según señala un estudio publicado esta semana en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), y recogido por Efe.

Los responsables del informe, Robert Erikson, un profesor de ciencias políticas, y Karl Sigman, profesor de ingeniería industrial, examinaron la forma en que los resultados del Colegio Electoral están condicionados por el modo en que los Estados votaron en elecciones previas. Tras analizar los desenlaces electorales desde el año 1980, y después de efectuar miles de simulacros, concluyeron que Trump tendrá ventaja en el Colegio Electoral frente a su rival demócrata, el ex vicepresidente Joe Biden, en el caso de que el resultado sea, como se prevé, ajustado.

Los autores sostienen que, de acuerdo con los datos de su análisis, el punto de inflexión entre una probable victoria demócrata o republicana en el Colegio Electoral no está en un voto popular repartido 50 a 50, sino más bien en una horquilla de un 51% de voto demócrata frente a un 49% republicano. 

Actualmente, las encuestas dan a Biden el liderazgo con un 52,1% del voto popular, mientras que Trump acumula el 43%, según la media ponderada que elabora la web especializada FiveThirtyEight.

Erikson recuerda que Trump salió airoso del Colegio Electoral debido a su victoria por márgenes muy estrechos en Wisconsin, Michigan y Pensilvania, pero que hay otros Estados, como Arizona, Florida, Georgia y Carolina del Norte, que «también podrían tener peso en 2020».

El voto delegado

A diferencia de la mayoría de las otras democracias del mundo, en Estados Unidos el presidente no resulta elegido directamente a partir del voto de los ciudadanos. No es, por tanto, el voto popular el que determina quién ocupará el Despacho Oval, sino el Colegio Electoral, en cuyos miembros los ciudadanos delegan esa función. 

Este Colegio está formado por 538 compromisarios o electores –nominados por los partidos y distribuidos en proporción a la población de cada estado– que, en nombre de los ciudadanos, votan en los 50 estados del país y el Distrito de Columbia (sede de la capital). Para ser elegido, el candidato debe tener una mayoría (al menos 270) de los votos emitidos por el Colegio Electoral, y si ninguno de los dos la logra, la decisión pasa al Congreso. Cada compromisario emite un voto electoral que debe ser, en principio, para el candidato más votado en el Estado, salvo en los casos de Nebraska y Maine, donde el voto electoral se distribuye en función del porcentaje de los votos obtenidos.

El candidato que recibe la mayoría de los votos de un Estado gana de esta forma todos los sufragios emitidos por los electores de ese Estado, y por eso las campañas electorales se concentran en ganar el voto popular en una combinación de los Estados que otorguen una mayoría de electores, en lugar de en conseguir el mayor número de votos a nivel nacional.

Mandato ciudadano

La consecuencia de este sistema es que cuando una persona deposita su voto por un candidato presidencial en EE UU, lo que realmente está haciendo es pedir a los compromisarios de su Estado que voten por su aspirante en el Colegio Electoral, algo que se da por hecho, al entenderse como un mandato ciudadano. Los compromisarios son personas consideradas leales al partido, y en algunos Estados sus nombres aparecen incluso en las papeletas junto a los del candidato a presidente y vicepresidente.

De hecho, la historia registra tan solo un puñado de casos (en 1948, 1956, 1960, 1968, 1972, 1976 y 1988) en los que algún elector se negó a apoyar al candidato con el que se había comprometido (en 2000 hubo un voto en blanco), y una sola vez en la que el Colegio Electoral no votó por el ganador, cuando, en 1836, el órgano le negó a Richard Mentor Johnson los votos necesarios para ser nombrado vicepresidente. En 2016 hubo siete compromisarios que se desmarcaron en la votación por el presidente y seis que lo hicieron en la del vicepresidente.

Precedentes

La victoria de Trump en 2016 pese a haber obtenido menos votos (el 46,15% frente al 48,17% de Clinton) no es el único caso en la historia de la democracia estadounidense en que el candidato más votado acabó derrotado. En 1825, ni John Quincy Adams ni Andrew Jackson consiguieron la mayoría de los votos electorales y finalmente la Cámara de Representantes eligió a Adams presidente, a pesar de que Jackson había recibido más votos populares.

En 1876 Rutherford B. Hayes obtuvo el apoyo casi unánime de los Estados pequeños y resultó elegido presidente, a pesar de que Samuel J. Tilden había logrado 264.000 votos más, y en 1888 Benjamin Harrison se impuso frente a su rival, Grover Cleveland, que había tenido más sufragios.

Ya en 2000, George W. Bush fue elegido con 271 votos electorales después de se le adjudicaran los compromisarios de Florida —por solo 573 votos— tras la impugnación del resultado y un nuevo recuento, aunque Al Gore había logrado casi 450.000 votos populares más en todo el país.

¿Un sistema injusto?

El Colegio Electoral fue creado por los representantes de los Estados que conformaron la república, antes de que la mayoría de la población pudiese votar, y con el objetivo de evitar el dominio de las zonas más pobladas del país. Los autores del estudio de la Universidad de Columbia señalan que «a menudo es visto como institución injusta que puede negar la presidencia al ganador del voto popular, una circunstancia denominada a veces como una ‘inversión’ electoral».

Erikson y Sigman añaden que hay quienes argumentan que «el Colegio Electoral favorece a los Estados pequeños, dado que sus cuotas siempre incluyen dos votos extra que representan a los dos senadores que cada Estado elige sea cual sea su población».

Otros, sin embargo, «opinan que el favoritismo se inclina hacia los Estados más poblados, puesto que el ganador se lleva todos los representantes, lo cual les da un poder enorme». California, por ejemplo, con 39,5 millones de habitantes, tiene 55 votos electorales (compromisarios); Montana, con cerca de un millón, tiene 3.

Según explica a Europa Press Jeremy Mayer, profesor asociado de Política y Gobierno en la Universidad George Mason, el sistema se ideó de este modo para «evitar que hubiera un presidente regional, por ejemplo del sur, lo que podría provocar una nueva guerra».

El experto subraya que, teniendo en cuenta que «beneficia a los Estados más pequeños», parece poco probable que estos accedan a respaldar una reforma, algo para lo que sería necesario enmendar la Constitución, con el respaldo de dos terceras partes del Congreso y de tres cuartas partes de los 50 estados.

Biden y Trump chocan por la pandemia, la inmigración y el racismo en un último debate muy duro pero menos caótico

El candidato republicano a la presidencia de EE UU y actual presidente, Donald Trump, y su rival demócrata, el ex vicepresidente Joe Biden, protagonizaron este jueves en la Universidad de Belmont, en Nashville (Tennessee), un segundo y último debate electoral menos caótico que el anterior cara a cara, pero en el que no faltaron, al igual que en el primer encuentro, graves acusaciones y duros intercambios dialécticos.

A la mayor fluidez contribuyó, sin duda, la medida implementada por los organizadores de silenciar el micrófono del candidato que no estaba en uso de la palabra durante los primeros minutos de la intervención de su rival, al principio de los distintos tramos, para evitar interrupciones. También, el hecho de que la moderadora, la periodista de la cadena NBC Kristen Welker, no llegara a perder del todo las riendas, como le ocurrió en el anterior debate a su colega de Fox News, Chris Wallace.

Los candidatos chocaron en todos los tramos, pero especialmente en los referidos a la inmigración y los menores indocumentados separados de sus familias, la gestión de la pandemia del coronavirus, el racismo, y el supuesto dinero que ambos se acusaron mutuamente de haber recibido de gobiernos extranjeros. Y China volvió a ocupar, como en el anterior encuentro, un lugar predominante.

Una vacuna «en semanas» frente a «un invierno oscuro»

El debate arrancó con la pandemia de COVID-19 sobre la mesa, una crisis sanitaria que este jueves se saldaba ya con 8.399.689 casos y 222.965 muertos en Estados Unidos.

Los dos candidatos dibujaron un panorama completamente diferente del reto al que se enfrenta el país. «Creo que habrá una vacuna dentro de semanas, y será distribuida muy rápido, está lista», aseguró Trump. Interpelado por la moderadora, el presidente reconoció, no obstante, que no tiene «garantías» de que la vacuna vaya a distribuirse en ese plazo, pero insistió en que cree que llegará «antes de que acabe el año», a pesar de que muchos científicos apuntan más bien a 2021.

Preguntado sobre cuál será la farmacéutica que lo conseguirá, Trump respondió: «Johnson&Johnson lo está haciendo muy bien, Moderna lo está haciendo muy bien, Pfizer lo está haciendo muy bien».

Por su parte, Biden acusó al presidente de no asumir «su responsabilidad» por el impacto de la pandemia en el país, y sentenció: «Cualquiera que sea responsable por tantas muertes no debería seguir siendo presidente».

«Estamos a punto de entrar en un invierno oscuro, y él no tiene un plan claro» para combatir la COVID-19, subrayó el candidato demócrata, a lo que Trump replicó: «[A Biden] le gusta meterse en un sótano y quedarse ahí, pero la gente no puede hacer eso, tenemos que aprender a vivir con ello. El 99% de la gente se recupera. No podemos cerrar la nación, tenemos que abrir las escuelas».

«Dice que estamos aprendiendo a vivir con esto, ¡increíble! Estamos aprendiendo a morir con esto», le respondió Biden.

El dinero de Rusia y los impuestos

Otro de los momentos tensos del debate se produjo cuando ambos se acusaron mutuamente de haber recibido dinero de gobiernos extranjeros, lo que los dos negaron.

Trump acusó a Biden de haber recibido dinero de Rusia, de haber puesto a su hijo Hunter en una compañía gasística ucraniana y de haber facilitado negocios para sus hermanos en sitios como Irak: «Joe consiguió 3,5 millones de dólares de Rusia y vinieron de Putin porque fue muy amigable con el exalcalde de Moscú, y fue la esposa del alcalde de Moscú [sic], y usted obtuvo 3,5 millones de dólares», dijo.

Biden, que negó haber recibido «ni un centavo» de gobiernos extranjeros, respondió que los negocios de su hijo en Ucrania fueron «éticos». «El tipo que se metió en problemas en Ucrania fue este [Trump], que intentó sobornar al Gobierno ucraniano para que dijera algo negativo sobre mí, lo que no hicieron», añadió el demócrata.

Biden aprovechó también para recordar que Trump «paga más impuestos en el extranjero que en Estados Unidos» y que tiene «una cuenta bancaria secreta en China». «Yo he publicado mis impuestos durante toda mi vida, algo que tú no has hecho, ¿por qué? Publica tus impuestos». 

Trump replicó, sin presentar pruebas, que él ha «‘prepagado’ millones y millones de dólares en impuestos». Sobre la supuesta cuenta bancaria en China, el presidente alegó que estuvo activa entre 2013 y 2015 cuando estaba dedicado a negocios inmobiliarios.

La separación de familias inmigrantes, «criminal»

En el apartado dedicado a la inmigración, Biden, tachó de «criminal» la política de separación de familias inmigrantes sin papeles en la frontera, mientras que Trump defendió que su Gobierno «trata muy bien» a los 545 niños cuyos padres todavía no ha localizado después de implementar esa medida.

«Es algo criminal. Hace que seamos el hazmerreír del mundo y viola todo los conceptos de lo que somos como nación», dijo el demócrata. Trump respondió que su gobierno está «intentando muy en serio» localizar a los padres de esos menores, a pesar de que no es cierto que sea su Ejecutivo sino que los que lo hacen son abogados y grupos de derechos humanos. 

«Los estamos tratando tan bien, están en instalaciones que son tan limpias», afirmó el presidente, en referencia a los niños separados de sus padres. «A los niños los han traído ‘coyotes’ [traficantes] y mala gente», agregó, algo que Biden rebatió de inmediato al insistir en que vinieron «con sus padres».

Trump, además, insultó a los indocumentados que, una vez dentro de EE UU, siguen la ley y se presentan ante los tribunales de inmigración: «Odio decirlo, pero los únicos que podrían aparecer son los que tienen el coeficiente intelectual más bajo», dijo.

«El menos racista de esta sala», «el más racista de la historia»

«Creo que tengo buenas relaciones con todo el mundo, soy la persona menos racista de esta sala», dijo Trump, en el bloque del cara a cara dedicado al racismo en el país. El presidente recordó asimismo que su rival fue el impulsor en el Senado de una ley del crimen en 1994 que provocó que «miles de afroamericanos terminasen entre rejas», y que él aprobó una reforma en el sentido contrario poco después de llegar al poder.

También afirmó que ha sido el presidente que «más ha hecho por la comunidad negra en la historia de Estados Unidos, con la posible excepción de Abraham Lincoln», quien abolió la esclavitud en 1863.

Biden, por su parte, repasó el historial de comentarios racistas de Trump y recordó que en 1989 abogó por la pena de muerte para un grupo de adolescentes afroamericanos conocidos como los «Central Park Five» que fueron acusados de un crimen que no cometieron.

«Nunca hemos respondido del todo a nuestro ideal de que todos somos creados iguales, pero siempre nos hemos movido hacia allí, paso a paso. Este es el primer presidente que ha parado eso, es el presidente más racista de la historia moderna de EE UU», dijo el demócrata.