El apóstol

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La velocidad me pega a la tierra, hace que la sienta como una parte de mí. O a mí como parte de ella. Siento la dureza o la suavidad del suelo. Cambia constantemente, más rápido que el pensamiento. Siento la humedad y la sequedad. Apenas controlo el movimiento de mis patas. No lo controlo en absoluto. Me dejo llevar, como arrastrado por una fuerza fuera de mí. Es el viento y no lo es; también la luna, pero no sólo ella. Es como un corazón exterior, como si mi propio corazón estuviese al mismo tiempo dentro y fuera de mí. Impulsándome y empujándome.

El hambre me pega a la vida. El hambre voraz. La inmensa paz, casi inconsciente, una vez saciada. No sé lo que es matar, no como una vez lo supe, al menos. Matar no es ya poner fin a otra vida. Es absorberla, unirme a ella, confundirme en otra existencia, que, a la vez, se funde conmigo para ser en mí, tal vez, algo distinto, o algo más.

Pero la memoria me turba, me saca de mí mismo, me sitúa en un paisaje extraño de ecos e imágenes difusas. Como cuando doy con los restos de una hoguera en el bosque y me acerco con cuidado a las brasas, fascinado, precavido, temeroso, y algo, desde lo más profundo de mi ser, me envía la intuición de encontrarme ante el gran misterio. Y me embriago con las huellas de otro tiempo, un tiempo de hombres y de lobos, otros lobos, un tiempo de palabras, pero vuelvo después a adentrarme en la espesura y el olvido.

Corro colina arriba, hasta la cumbre, sin parar, y al llegar mis pulmones apenas pueden contener el ritmo salvaje de mi respiración. Es entonces cuando más cerca estoy de entender quién fui, si es que fui otro. Fui bueno, amé cada rincón de esta tierra y a todas las criaturas que la habitan; fui un apóstol… Y tuve un nombre, mi nombre… Pero entonces me invade el aullido y ya no importa. Porque sigo vivo, tremendamente vivo.