Mr Miles Davis. St. John’s Hospital and Health Center, Santa Monica, California (USA)

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Estimado señor Davis,

En contra de lo que suele pensarse de muchos músicos de su generación, le tengo por un hombre cultivado. De modo que es muy probable que sepa de mi existencia.

No obstante, lo que cuentan los libros de Historia es, ciertamente, insuficiente: Invenciones sin fundamento y mentiras camufladas de leyendas, en la mayoría de los casos. A pesar de todo, imagino que lo esencial está ahí, siempre que dejemos fuera de “lo esencial” a las personas a las que amé y odié de verdad, a los hijos que tuve y a los que no tuve, a las cosas que me emocionaron y a las que me llenaron el alma de angustia.

Pero, sí, es cierto que fui reina, y también lo es que resistí, como pude y hasta donde pude. Que levanté un imperio y que lo perdí. Que asombré y seduje a algunos de los hombres más poderosos de la Tierra, y también que fui exhibida como prisionera por las calles de Roma, eso sí, con cadenas de oro…

Pero todo eso es, como digo, Historia. Poco importa ya. Lo único que me parece cierto ahora es el tacto de estas piedras arruinadas, todo lo que queda de aquel pasado. Las piedras, el desierto y mi memoria, señor Davis, cada vez más débil pero viva aún.

Y también su maravillosa música.

Hace apenas unas semanas la escuché por primera vez, gracias a un disco que encontré semisepultado en la arena, cerca del campamento de Diocleciano, mi antiguo palacio. Probablemente lo olvidó algún turista, quien sabe de dónde. El destino es caprichoso.

Y la escuché como creo que debería escucharse siempre su música, señor Davis, al calor de las estrellas de esta tierra milagrosa; tumbada desnuda sobre una de las columnas derribadas, con los cinco sentidos volcados en cada nota; dejándome abrazar a la vez por la noche y por los frutos de su prodigiosa creatividad.

Tan sólo le escribo, señor Davis, para darle las gracias. Para agradecerle su mera existencia y para agradecerle también el hecho de que un día decidiera compartir su música con los demás, por los motivos que fuesen. Los motivos de las cosas, en realidad, nunca me han importado demasiado.

Ignoro la dirección de su domicilio. Le envío esta carta al hospital donde tengo entendido que ha estado ingresado. Confío en que se la harán llegar.

Deseando su pronta recuperación, reciba un afectuoso saludo de su, ya para siempre, incondicional admiradora:

Zenobia

Reina de Palmira

PD. Anoche soñé con sus manos.


Foto: Miles Davis, por Irving Penn (detalle)

El Coronel Lawrence

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El desierto, el desierto rojo y tan bello que duele… Cuando la avioneta que me ha traído hasta aquí empezó a descender ya estaba incendiándose el cielo. Y ahora es irreal. Tan hermoso que ni siquiera pienso en los gastados estereotipos de la belleza. Ninguna postal es capaz de llegar hasta aquí… Cada vez más y más rojo, como si el color estuviese a punto de fundirse en sí mismo, de estallar en un arrebato nuclear para morir desbordado por su propia intensidad… Y después, quién sabe, malvas, violetas, estrellas…

Mi sombra sigue alejándose y alejándose. ¿Hasta dónde? Es como si estuviera hecha de algún material fantástico, infinitamente elástico, irrompible. Se alarga y se estira, más y más… ¿Sigo siendo yo? ¿Sigue siendo mi sombra? Más bien parece otro ser, un ser distinto de mí mismo, una criatura insaciable que crece sin parar, como si quisiera engullir el horizonte y dar la vuelta entera para volver luego de nuevo a mí y agarrarse a mis talones una vez más. ¿Acaso no es eso lo que hacen, lo que hacen las sombras?

Escucho el último eco del motor de la avioneta que se aleja. Estoy solo. Me siento sobre una roca y aguardo. No hay prisa. Pronto empezará el frío, pero ahora todo está bien. Todo está muy bien.

La espera, sin embargo, no es muy larga. Enseguida oigo sus pasos acercarse. Son pasos lentos, ligeros, pero sin cautela. Me incorporo. Aún no le veo. Le llamo:

—¿Antoine?

—¿Excuse me?

Lleva un turbante, un turbante blanco. No esperaba un turbante.

—¿Exupéry? —insisto.

—Creo que se equivoca, caballero. Mi nombre es Lawrence. Thomas Edward Lawrence, para servirle.

—¿Lawrence? ¿Lawrence… de Arabia?

—Eh… ¿Sí?

—No es posible… ¿Dónde estamos?

—Wadi Rum, señor. Estamos en el desierto de Wadi Rum.

—¿Wadi Rum? ¿Jordania?

—Así tengo entendido que lo llaman ahora, sí.

—¿No estamos en el Sahara?

—Mucho me temo que no… ¿Puedo sentarme? Estoy algo cansado…

—Oh, vaya… Es increíble, realmente increíble… Bueno, qué demonios… Sí, sí, por supuesto, siéntese, coronel, por favor, siéntese.

—Es una puesta de sol magnífica, ¿no está usted de acuerdo?

—Sí que lo es, desde luego.

Lentamente, mi sombra alcanza las montañas y se adentra poco a poco en la oscuridad del otro lado. La de Lawrence, inquieta, corre tras ella.

—Perdone el malentendido de antes —digo—. Esperaba a otra persona.

—Antoine…

—Así es. Tal vez haya oído hablar de él, o tal vez no. Antoine de Saint-Exupéry. Un gran hombre, un maravilloso ser humano. Murió en la guerra… En otra guerra, quiero decir.

—Lo lamento.

—Se estrelló en su avión.

—¿En el Sahara?

—La primera vez, sí, pero sobrevivió. La última, nadie lo sabe con seguridad. Tal vez en el mar. Le derribaron.

—El mar, el desierto. No hay tanta diferencia, ¿no cree?

—No, quizá no…

Sin apartar la vista del horizonte, Lawrence saca una caja de cerillas y juguetea con ella entre los dedos. Luego se recuesta sobre un brazo y entorna los ojos. Durante unos minutos permanece completamente inmóvil, en silencio, como un mineral. Finalmente, con estudiada afectación, se quita ceremoniosamente el turbante. Es, efectivamente, rubio.

—Es usted una leyenda. Lo sabe, ¿no? —le digo.

—O un producto de la prensa…

—Tal vez, pero una leyenda, sin duda, una leyenda…

—… Y un traidor, ¿no? Puede decirlo. Sé que lo está pensando, no se preocupe.

—Eso sólo lo sabe usted, Lawrence, sólo usted.

—Lo cierto es que no. No lo sé. Ya no sé nada.

—Sabe al menos que la guerra continúa…

—¿Le extraña?

—No, claro que no.

Lawrence vuelve a meterse la caja de cerillas en el bolsillo y hunde los dedos en la arena.

—Tantos dioses y una misma arena miserable —dice entonces, en un susurro—. Interesante, ¿no le parece? Glorioso… Patético. La verdad es que empiezo a estar cansado, muy cansado de tanta mística y tanta fascinación, de tanto vacío. La intensidad resulta ciertamente agotadora, créame. Por no hablar de toda esta espantosa violencia sin fin. La espantosa violencia sin fin… ¿Ha estado alguna vez en un campo de refugiados, amigo? Esos niños me parten el corazón, me rompen el alma en pedazos. Y los funerales, tantos funerales. ¿Ha asistido alguna vez a un funeral tras un atentado suicida, tras un atentado del tipo que sea? ¿Ha visto el dolor y el terror de ver la casa destruida, los hermanos y los padres muertos, la tierra arrebatada, las bombas surcando el cielo? ¿Se imagina lo que es pasar toda una vida rodeado de un muro? En fin, discúlpeme, me estoy poniendo sentimental. Como le digo, estoy muy cansado… En realidad, he de irme ya. Ha sido un placer conocerle.

—Lo mismo digo, se lo aseguro. Le habría gustado charlar un rato con Antoine, creo…

—Puede ser, sí… Busque un refugio. La noche aquí es muy fría.

—Así lo haré, descuide… Por cierto, Lawrence…

—¿Sí?

—¡Le creía más alto!

—¡Oh! ¿De veras?

—Pues sí, pero no se lo tome a mal.

—No se preocupe, es por la película. Le ocurre a todo el mundo…

—Cuídese, amigo.

—Goodbye, my friend. Take care.


Foto: Desierto de Wadi Rum (وادي رم), Jordania, por Miguel Máiquez (detalle)