Ese que va en el auto es feliz

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—Perdone que le moleste… ¿Se encuentra usted bien? Todas las mañanas espero aquí el autobús para ir a trabajar y no he podido evitar observarle. Ya sabe cómo tardan los autobuses a veces… Y siempre que le veo está usted haciendo lo mismo, dando vueltas a la manzana… Le veo doblar la esquina y, al rato, aparecer por el otro lado, una y otra vez… ¿Ha perdido algo? ¿Necesita ayuda?

—La memoria…

—¿La memoria?

—Sí.

—No entiendo…

—Voy perdiendo memoria con cada paso que doy, y luego vuelvo a recuperarla.

—Lo lamento, pero sigo sin comprenderle.

—Comienzo a andar, justo aquí, en la parada del autobús. Empiezo a dar la vuelta a la manzana. Y a cada paso pierdo un recuerdo, o varios, no sé; tal vez muchos. Cada vez más, poco a poco. No puedo hacer nada para evitarlo. Cuando llego exactamente a la mitad del camino no me queda ninguno. No sé quién soy ni qué hago allí. No recuerdo nada, no recuerdo a nadie. Pero mi cuerpo sigue caminando y los recuerdos van volviendo, también poco a poco, también con cada paso.

—¿Los mismos recuerdos que había perdido?

—No lo sé, no me acuerdo. Es posible. Pero también es posible que sean otros, completamente diferentes. O los de otra persona. Cuando llego de nuevo a la parada estoy entero, pero, como le digo, podría ser otro. Entonces empieza otra vez.

—¿Y por que no se detiene? ¿Por qué no rompe el círculo cuando puede hacerlo?

—Usted tampoco se detendría, se lo aseguro.


Tengo el cansancio anticipado de lo que no voy a encontrar. Si en determinado momento me hubiera vuelto para la izquierda en lugar de para la derecha. Si en cierto instante hubiera dicho sí en lugar de no, o no en lugar de sí. Si en determinada conversación hubiese tenido frases que sólo ahora en el entresueño elaboro. Si todo esto hubiera sido así hoy sería otro y quizá el Universo entero sería insensiblemente llevado a ser otro también. Pero sólo ahora lo que nunca fui ni seré me duele. Voy a pasar la noche a Sintra porque no puedo pasarla en Lisboa, pero cuando llegue a Sintra me va dar pena no haberme quedado en Lisboa. Siempre esta inquietud sin resolución, sin nexo, sin consecuencia. Siempre, siempre, siempre. Esta angustia excesiva del espíritu por nada. En la carretera de Sintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera de la vida. A la izquierda hay una casucha al borde de la carretera. A la derecha, el campo abierto con la luna a lo lejos. El auto que parecía hace poco proporcionarme libertad es ahora algo en lo que estoy encerrado. A la izquierda, hacia atrás, la casucha modesta. La vida allí debe ser feliz sólo porque no es la mía. Si alguien me ha visto desde la ventana de la casucha soñará: ese que va en el auto es feliz.

Fernando Pessoa (Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Bernardo Soares…), Escrito en un libro abandonado en un viaje

Escrito en un libro abandonado en un viaje