El león con piel de cordero: Bashar al Asad, en 10 claves

Miguel Máiquez, 18/3/2012

En los más de once años y medio que lle­va en el poder, el pres­i­dente sirio, Bashar al Asad, ha com­ple­ta­do una trans­for­ma­ción que, de un modo dis­cre­to pero implaca­ble, le ha ido acer­can­do cada vez más a la figu­ra de su padre, Hafez al Asad. Tal vez no ten­ga el caris­ma del viejo león de Dam­as­co («asad» sig­nifi­ca «león», en árabe), ni inspire el mis­mo respeto y temor que provo­ca­ba el rais, pero Bashar está demostran­do que, además del físi­co (el mis­mo big­ote recor­ta­do, la mis­ma frente ancha y despe­ja­da, el mis­mo porte larguiru­cho y des­gar­ba­do), las man­eras del dic­ta­dor tam­bién las lle­va en la sangre.

El pres­i­dente de Siria, Bashar al Asad. Foto: Fabio Rodrigues Pozze­bom / ABr / Wime­dia Commons

Cuan­do aca­ba de cumplirse un año de rebe­lión y repre­sión en Siria, y los muer­tos se cuen­tan ya por miles, nada que­da ya de aquel oftalmól­o­go que, a prin­ci­p­ios de los años noven­ta, dis­fruta­ba en Lon­dres de una vida ale­ja­da de la políti­ca, ni tam­poco del supuesto reformista que asum­ió el poder en un país donde un cier­to aper­tur­is­mo parecía posi­ble tras tres décadas de fér­rea dictadura.

Bashar al Asad sigue apare­cien­do, tal y como puede obser­varse en las pocas entre­vis­tas que ha con­ce­di­do últi­ma­mente a medios occi­den­tales, como un hom­bre rela­ja­do, algo tími­do inclu­so, edu­ca­do, cortés y buen comu­ni­cador, tan­to en árabe como en inglés y francés. Su porte, como lo era el de su padre, es aus­tero, pero, a difer­en­cia del antiguo dic­ta­dor, no resul­ta ame­nazador. Envuel­to en una nube depro­pa­gan­da y con los medios de comu­ni­cación extran­jeros veta­dos en el país, el pres­i­dente se sigue esforzan­do por mostrarse como el nue­vo padre que escucha a su pueblo. Con tono firme pero sin exal­tarse, Bashar prom­ete refor­mas, anun­cia elec­ciones, denun­cia con­spir­a­ciones inter­na­cionales, de los islamis­tas, de Al Jazeera, de la pren­sa occi­den­tal… y pide leal­tad para luchar con­tra los que quieren acabar con «un Esta­do laico y unido».

Pero esta ima­gen de cier­ta racional­i­dad salta en peda­zos ante la real­i­dad de una repre­sión que tiene poco que envidiar a los golpes más duros del rég­i­men de su padre. La supues­ta «cara amable» de la famil­ia Asad, el hom­bre tran­qui­lo que parecía que iba a pon­er en mar­cha la tran­si­ción, ha sali­do rana. Ampara­do en la leal­tad de sus nutri­dos cuer­pos de seguri­dad, en la for­t­aleza de la maquinar­ia del rég­i­men, en la tibieza de la respues­ta inter­na­cional y en la desunión de los opos­i­tores, Bashar al Asad está dejan­do claro que, mien­tras depen­da de él, la pri­mav­era árabe no va a flo­re­cer en Siria.

Así es el pres­i­dente sirio, vis­to a través de diez claves de su vida:

1. La familia

Naci­do el 11 de sep­tiem­bre de 1965 en Dam­as­co, Bashar al Asad (escrito tam­bién «Bachar al Asad», o, en la tran­scrip­ción ingle­sa, «Bashar al Assad»), es el ter­cero de los cin­co hijos que tuvieron Hafez al Asad y Anisa Majlouf.

Su padre, cri­a­do en el seno de una mod­es­ta famil­ia perteneciente a la tribu Kalbiyya y a la minori­taria sec­ta alauí (una rama del islam que muchos musul­manes no con­sid­er­an como tal), había ido ascen­di­en­do en el seno del par­tido Baaz (social­ista y panara­bista) has­ta lid­er­ar en 1970 el golpe de esta­do que, un año después, le colocó en la pres­i­den­cia de Siria.

Durante casi 30 años, has­ta su muerte en 2000, Hafez al Asad con­du­jo el país con mano de hier­ro. Masacró a sus opo­nentes, con­vir­tió Siria en una nación mil­i­ta­riza­da con lo peor de las dic­taduras del otro lado del telón de acero y lo peor, tam­bién, de las dic­taduras árabes; se escudó en la ocu­pación israelí de parte de su ter­ri­to­rio (los Altos del Golán) para man­ten­er durante décadas las denom­i­nadas leyes de emer­gen­cia; con­troló el veci­no Líbano en una col­o­nización encu­bier­ta; jugó la car­ta del panara­bis­mo y de la incor­rupt­ibil­i­dad para legit­i­marse en el poder y man­ten­er unido a un país mar­ca­do por una sociedad diver­sa y muy frac­tura­da, y, final­mente, se ase­guró de instau­rar en el país el con­tra­dic­to­rio con­cep­to de repúbli­ca hereditaria.

Los alauíes, por su parte, no con­sti­tuyen una may­oría en las cúpu­las del par­tido ni en las Fuerzas Armadas sirias, pero ocu­pan un número despro­por­cionada­mente alto de puestos de man­do en los cuer­pos de la seguri­dad inter­na y en unidades mil­itares de élite, como la Guardia Pres­i­den­cial y la Guardia Republicana.

La famil­ia Asad, a finales de los años seten­ta. De pie, a la izquier­da, Hafez al Asad, y deba­jo, de izquier­da a derecha, sus hijos Bashar y Maher, su esposa (Anisa Makhlouf), y sus hijos Majd, Bushra y Basil. Foto: Wiki­me­dia Commons

2. Al margen

A difer­en­cia de sus her­manos may­ores Basil y Bushra, y de su her­mano menor Maher, Bashar era con­sid­er­a­do un joven reser­va­do y tran­qui­lo, al que sus padres apartaron de la vida políti­ca y mil­i­tar. Basil era el ‘heredero nat­ur­al’ (en real­i­dad, la may­or es Bushra, pero al igual que ocurre en la realeza españo­la, al ser una mujer no con­ta­ba en los planes suce­so­rios), y Bashar no parecía muy intere­sa­do en los entre­si­jos del rég­i­men. En una entre­vista pub­li­ca­da en 2009 por Nation­al Geo­graph­ic, con­fesó que durante los años en que su padre estu­vo en el poder, tan solo entró en su ofic­i­na en una ocasión, y ase­guró tam­bién que nun­ca habla­ba con él de política.

Bashar ter­minó su edu­cación secun­daria en la Escuela Fran­co-Árabe Al Hur­riyah de la cap­i­tal siria en 1982, y después cursó la car­rera de Med­i­c­i­na en la Uni­ver­si­dad de Dam­as­co, donde en 1988 obtu­vo la licen­ciatu­ra en Oftal­mología. Tras realizar unas prác­ti­cas como ofi­cial médi­co en un hos­pi­tal mil­i­tar, en 1992 su padre le per­mi­tió via­jar a Lon­dres para con­tin­uar sus estu­dios en el West­ern Eye Hos­pi­tal, donde se espe­cial­izó en el tratamien­to del glau­co­ma. En la cap­i­tal británi­ca vivió en el más com­ple­to de los anon­i­matos, bajo otro nom­bre y sin escol­ta vis­i­ble, una exis­ten­cia apaci­ble que dio un giro rad­i­cal por cul­pa de un acci­dente de tráfico.

3. La muerte del heredero

Basil al Asad había sido des­ig­na­do para la suce­sión des­de muy joven. Era jefe de la seguri­dad pres­i­den­cial y el rég­i­men se esforz­a­ba, con éxi­to, en pre­sen­tar­lo como láti­go de cor­rup­tos. Además, era un deportista nato, campeón, entre otras cosas, de equi­tación, y cul­tiva­ba una miti­fi­ca­da ima­gen de ‘play­boy’ (bar­ba per­fec­ta­mente arregla­da, gafas de sol, uni­forme mil­i­tar…). Le perdió la veloci­dad. El Mer­cedes que con­ducía a primera hora de una mañana de enero de 1994 se estrel­ló cuan­do el may­or de los Asad se dirigía hacia el Aerop­uer­to de Dam­as­co apre­tan­do el acel­er­ador entre una espe­sa niebla. La heren­cia del león quedó vacante.

Al prin­ci­pio, la muerte de Basil devolvió al primer plano al her­mano de Hafez al Asad, Rifaat,vet­er­a­no coman­dante en jefe de los ser­vi­cios de inteligen­cia y antiguo número dos del rég­i­men sirio. Pero Rifaat había inten­ta­do der­ro­car a Hafez en 1983 y, pese a que ambos se habían rec­on­cil­i­a­do pos­te­ri­or­mente, el pres­i­dente no se fia­ba de él. Además, Rifaat llev­a­ba var­ios años fuera del país, ale­ja­do de la esce­na política.

Descar­ta­da Bushra, el sigu­iente en la lista era, pues, el actu­al pres­i­dente. No obstante, muchos anal­is­tas se incli­naron por el her­mano menor, Maher: Mil­i­tar de car­rera y con fama de duro, su per­fil parecía enca­jar mejor en el puesto. Hafez, sin embar­go, decidió no alter­ar el orden y optó por la “cara amable” de Bashar. Maher quedó fuera, según unos por ser demasi­a­do joven aún, y según otros porque ya por entonces tenía fama de “demasi­a­do inestable” (años después, en 1999, se infor­mó de que le había pega­do un tiro a su cuña­do, un gen­er­al, durante una dis­pu­ta de carác­ter per­son­al). Maher, uno de los líderes sirios cuyas cuen­tas ban­car­ias han sido vetadas por la Unión Euro­pea, es aho­ra el número dos del rég­i­men y uno de los máx­i­mos respon­s­ables de la repre­sión militar.

4. Construyendo un líder

En febrero de 1994, y por orden de su padre, un vein­teañero Bashar al Asad aban­dona sus estu­dios en Lon­dres y vuelve a Dam­as­co, donde ini­cia­rá una instruc­ción mil­i­tar y políti­ca a mar­chas forzadas. Pron­to empieza a acu­mu­lar car­gos y galones, a ocu­par respon­s­abil­i­dades en los cuer­pos de élite y de seguri­dad del rég­i­men, y a inte­grarse en el organ­i­gra­ma del par­tido. Hafez es con­sciente de que nece­si­ta otor­gar a su hijo legit­im­i­dad en un país donde, a difer­en­cia del Irak de Sadam Huseín, la estruc­tura de man­do es impor­tante, y tam­bién de que la pop­u­lar­i­dad es un fac­tor fun­da­men­tal para preser­var el dominio de la minoría alauí en una nación may­ori­tari­a­mente sunní.

En 1999, ya como coro­nel, Bashar ges­tiona los asun­tos del Líbano, se ha dado a cono­cer a los demás líderes árabes y se ha reunido con el entonces pres­i­dente francés, Jacques Chirac. Al mis­mo tiem­po, los medios de comu­ni­cación, con­tro­la­dos por el Esta­do, van divul­gan­do su figu­ra y se poten­cia su ima­gen ‘occi­den­tal’ para hac­er­lo más atrac­ti­vo entre los jóvenes, incluyen­do su afi­ción a la músi­ca pop y a las nuevas tecnologías.

Nada más fal­l­e­cer Hafez al Asad, Bashar es procla­ma­do líder del par­tido Baaz, ascen­di­do a teniente gen­er­al y nom­bra­do jefe del Esta­do May­or del Ejérci­to. A con­tin­uación, la Asam­blea Pop­u­lar enmien­da la Con­sti­tu­ción para per­mi­tir que pue­da ocu­par el car­go de pres­i­dente, ya que tenía entonces 34 años, y la edad mín­i­ma para acced­er al puesto eran 40. Tras unas elec­ciones sin oposi­ción en la que, según el rég­i­men, obtu­vo el 97,2% de los votos, Bashar al Asad se con­vir­tió, el 17 de junio de 2000 (jus­to una sem­ana después de la muerte de su padre), en el líder más joven en heredar la pres­i­den­cia de un país árabe.

5. ¿Reformas?

En su dis­cur­so inau­gur­al, el nue­vo pres­i­dente anun­ció una serie de inten­ciones que, a pesar de su cal­cu­la­da ambigüedad, fueron ráp­i­da­mente inter­pre­tadas como un pro­gra­ma aper­tur­ista de refor­mas, y bau­ti­zadas más tarde en Occi­dente como «la pri­mav­era de Dam­as­co». Asad rindió trib­u­to al «glo­rioso» lega­do de su padre, pero recono­ció la necesi­dad de «mejo­ras» y habló de «descar­tar ideas obso­le­tas», de «nuevas estrate­gias» y «cam­bios económi­cos», de «mod­ern­ización de las leyes» y de «reac­ti­vación del sec­tor pri­va­do»… Pos­te­ri­or­mente prometió asimis­mo el indul­to de miles de pre­sos políti­cos islamis­tas, reba­jó el carác­ter per­son­al­ista del rég­i­men y, oponién­dose a los sec­tores más con­ser­vadores de su entorno, intro­du­jo Inter­net en el país, per­mi­tió la aper­tu­ra de ciber­cafés y llevó las nuevas tec­nologías a las escue­las. Además, el gob­ier­no emprendió una refor­ma financiera que ter­minó con el monop­o­lio del Esta­do, per­mi­tien­do la creación de ban­cos pri­va­dos y de una bol­sa de val­ores. Sin embar­go, Asad con­fir­mó en sus puestos a muchos de los prin­ci­pales ofi­ciales de la vie­ja guardia y el plu­ral­is­mo políti­co real sigu­ió descartado.

6. La primera dama

Bashar y Asma al Asad en Moscú, en enero de 2005. Foto: Ammar Abd Rab­bo / Wiki­me­dia Commons

En la Nochevie­ja del mis­mo año en que fue nom­bra­do pres­i­dente, Bashar al Asad dio un paso per­son­al que con­tribuyó más aún a acre­cen­tar su ima­gen de ‘líder mod­er­no’: Su boda en Lon­dres con Asma Fawaz Al Ajras, una joven econ­o­mista de 25 años, naci­da y cri­a­da en el Reino Unido, edu­ca­da en el King’s Col­lege, e hija de unos pro­fe­sion­ales lib­erales sun­níes proce­dentes de Homs. La había cono­ci­do durante su época de estu­di­ante en la cap­i­tal británi­ca, y con ella ten­drá dos hijos: Zein, naci­do en 2003, y Karim, un año después.

Como expli­ca Rober­to Ortiz de Zárate, del Cen­tro de Estu­dios y Doc­u­mentación Inter­na­cional de Barcelona, «el esti­lo sofisti­ca­do de Asma, quien tenía expe­ri­en­cia lab­o­ral como anal­ista y ejec­u­ti­va ban­car­ia del Deutsche Bank y JP Mor­gan, y se movía con soltura en los ambi­entes cos­mopoli­tas, abundó en el aura de mod­ernidad que rode­a­ba a Asad. La ele­gante y jovial primera dama de Siria iba a adquirir un rol públi­co bas­tante promi­nente, acom­pañan­do a su mari­do en la may­oría de sus via­jes y actos ofi­ciales, al modo de las pare­jas pres­i­den­ciales esta­dounidens­es o euro­peas, y ponién­dose al frente de una serie de ini­cia­ti­vas ofi­ciales para reducir la pobreza, desar­rol­lar la agri­cul­tura y pro­mover la posi­ción de la mujer en la sociedad, lo que no podía granjear­le más que sim­patías. Además, esta­ba su condi­ción de sun­ní, algo que fácil­mente podía verse como un deci­di­do inten­to de demol­er la ima­gen sec­taria del clan famil­iar de los Asad, que deja­ba de ser cer­rada­mente alauí».

7. Entre el ‘eje del mal’ y el Líbano

Ante la ame­naza de la políti­ca de guer­ra pre­ven­ti­va lle­va­da a cabo por el gob­ier­no esta­dounidense (el entonces pres­i­dente de EE UU, George W. Bush, sumó Siria a su famoso ‘eje del mal’, que orig­i­nar­i­a­mente con­forma­ban Irak, Irán y Corea del Norte), la inesta­bil­i­dad del Líbano, donde Dam­as­co man­tenía una fuerte pres­en­cia mil­i­tar, y las con­stantes ten­siones con su veci­no Israel, Bashar Al Asad trató de man­ten­er un dis­cur­so reformista que pudiera sat­is­fac­er los deseos de la Unión Euro­pea y Esta­dos Unidos, pero que en la prác­ti­ca no supu­so ni con­ce­siones al movimien­to opos­i­tor en el inte­ri­or, ni, en el exte­ri­or, aban­dono de la línea dura de con­frontación lle­va­da a cabo por su padre.

La fuerte pre­sión inter­na­cional sobre Asad tras la muerte en un aten­ta­do en 2005 del exprimer min­istro libanés Rafik Hariri, cuya autoría fue atribui­da a los ser­vi­cios sirios de infor­ma­ción, hizo final­mente que el pres­i­dente ordenara reti­rar las tropas del Líbano.

8. Reelección y fin de la fiesta

El 27 de mayo de 2007, tras finalizar el peri­o­do de siete años de su manda­to, Bashar al Asad fue reelegi­do en refer­én­dum. De nue­vo sin opos­i­tores, el pres­i­dente logró un apoyo que el gob­ier­no situó sin rubor en el 97,6% de los votos. Des­de entonces, Asad fue acen­tuan­do la aniquilación de las tími­das refor­mas empren­di­das, desmon­tan­do los foros políti­cos y las ONG de defen­sa de dere­chos humanos que habían surgi­do durante el peri­o­do de aper­tu­ra, encar­ce­lando a activis­tas en favor de la democ­ra­cia, obligan­do por ley a los ciber­cafés a grabar todos los comen­tar­ios de los usuar­ios de los chats, y con­trolan­do y blo­que­an­do inter­mi­nan­te­mente por­tales y redes sociales como Wikipedia en árabe, Youtube o Face­book.

Asad man­tu­vo en vig­or el esta­do de emer­gen­cia vigente en el país des­de 1963, y los organ­is­mos de seguri­dad con­tin­uaron dete­nien­do a muchas per­sonas sin órdenes judi­ciales, man­tenién­dolas en rég­i­men de inco­mu­ni­cación durante lar­gos peri­o­dos; los islamis­tas y activis­tas kur­dos sigu­ieron sien­do con­de­na­dos con fre­cuen­cia a duras penas de prisión, y el supuesto pro­ce­so de lib­er­al­ización económi­ca ben­efi­ció prin­ci­pal­mente a las élites y los ali­a­dos del pres­i­dente, mien­tras se sucedían denun­cias de abu­sos y torturas.

Muchos anal­is­tas, no obstante, con­sid­er­an que en real­i­dad Asad tenía las manos atadas, y que sus refor­mas fueron abor­tadas por la vie­ja guardia del rég­i­men. Su famil­ia tam­bién estaría desem­peñan­do un papel impor­tante en este sen­ti­do, incluyen­do a su her­mano Maher, actu­al jefe de la Guardia Repub­li­cana; a su her­mana Bushra; al her­mano de ésta, Asef Shawkat, jefe adjun­to del Esta­do May­or; y a su pri­mo Rami Makhlouf, con­sid­er­a­do la figu­ra económi­ca más impor­tante de Siria.

9. Rebelión y represión

Cuan­do en mar­zo de 2011, hace aho­ra un año, y emu­lan­do las protes­tas de Túnez y Egip­to, estal­ló en Siria la rebe­lión con­tra el rég­i­men, Asad respondió ini­cial­mente tratan­do de con­tener a los opos­i­tores con prome­sas de cam­bio. En su primer dis­cur­so, dos sem­anas después de los primeros dis­tur­bios, el pres­i­dente insis­tió en cul­par del lev­an­tamien­to a «pequeños gru­pos de alboro­ta­dores» y a una «con­spir­ación exter­na» para socavar la esta­bil­i­dad del país y la unidad nacional. Más tarde, en abril, cuan­do el número de muer­tos super­a­ba ya los 200, Asad remod­eló el gob­ier­no, retiró las leyes de emer­gen­cia y suprim­ió el Alto Tri­bunal para la Seguri­dad Nacional, corte que des­de 1968 llev­a­ba a cabo juicios sumarísi­mos con­tra acu­sa­dos de aten­tar con­tra la seguri­dad del Esta­do. Asimis­mo, en mayo, anun­ció la lib­eración de los pre­sos políti­cos y en agos­to de 2011 la instau­ración de una comisión para reg­u­lar la creación de par­tidos políticos.

La rebe­lión, sin embar­go, con­tin­uó extendién­dose y Asad empezó a man­dar tan­ques y sol­da­dos a los focos de la protes­ta. La ONU advir­tió en octubre de 2011 del peli­gro de una guer­ra civ­il, al tiem­po que var­ios cen­tenares de sol­da­dos deserta­ban para unirse a la oposición.

La situación se agravó entre enero y febrero de 2012, a raíz de la inten­si­fi­cación de los bom­bardeos del Ejérci­to con­tra los man­i­fes­tantes en Homs, ciu­dad con­ver­ti­da en el epi­cen­tro de las protes­tas. Los ataques han provo­ca­do cen­tenares de muer­tos. La cifra ofi­cial de fal­l­e­ci­dos en toda Siria que mane­ja Naciones Unidas se acer­ca ya a los 8.000. Miles de per­sonas inten­tan bus­car refu­gio en los país­es veci­nos, pero el número de civiles que han con­segui­do escapar no lle­ga a los 30.000, una can­ti­dad rel­a­ti­va­mente pequeña, y la vig­i­lan­cia a las famil­ias de los ofi­ciales impi­de que las deser­ciones desin­te­gren el Ejército.

Ni la mis­ión de la Liga Árabe, que desplegó en Siria a var­ios gru­pos de obser­vadores para ver­i­ficar la situación de los dere­chos humanos, ni los esfuer­zos del envi­a­do espe­cial de la ONU, Kofi Annan, ni las san­ciones inter­na­cionales (aguadas por los vetos de Rusia y Chi­na) han con­segui­do, has­ta aho­ra, deten­er la represión.

10. «Tonterías»

En este cli­ma de vio­len­cia total, la vida pri­va­da del pres­i­dente sirio y de su esposa no parece haber sufri­do muchos cam­bios. Así se desprende, al menos, de una serie de corre­os elec­tróni­cos per­son­ales envi­a­dos por Bashar al Asad, obtenidos por la oposi­ción y pub­li­ca­dos hace unos días por The Guardian. Los men­sajes, más de 3.000 doc­u­men­tos que el diario británi­co con­sid­era autén­ti­cos, aunque aclara que no puede descar­tarse la exis­ten­cia de fal­si­fi­ca­ciones en las copias, ofre­cen un retra­to de una famil­ia ais­la­da por la cri­sis pero que con­tinúa dis­fru­tan­do de una vida llena de lujos.

Aparte de cues­tiones más rel­e­vantes, como un posi­ble aseso­ramien­to iraní al rég­i­men sirio, los corre­os detal­lan, por ejem­p­lo, que Asma gas­ta dece­nas de miles de dólares en com­pras por Inter­net de obje­tos de dis­eño como can­de­labros y mesas proce­dentes de París, o que Bashar uti­liza una direc­ción esta­dounidense para saltarse las san­ciones de Wash­ing­ton, poder conec­tarse a pági­nas de entreten­imien­to en su table­ta elec­tróni­ca y bajarse músi­ca «dance» de iTunes y Apple.

En un correo fecha­do en el pasa­do mes de julio, Asma comu­ni­ca a su mari­do que estaría libre a las cin­co de la tarde. Asad, que a menudo deja entr­ev­er en sus men­sajes un tono auto­com­pa­si­vo y ais­la­do mien­tras el país se incen­dia a su alrede­dor, responde: «Que me digas dónde estarás es la mejor refor­ma que cualquier país puede ten­er. Esa refor­ma sí que hay que hac­er­la y no todas esas ton­terías de leyes de par­tido, elec­ciones y lib­er­tad de medios de comunicación».

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