Frankie

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—¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaah!!

El grito de la mujer fue tan potente, tan agudo y tan inesperado, que el vagón del metro, abarrotado como estaba, se sumió de pronto en un silencio sepulcral y todos los ojos, sin excepción, se volvieron hacia la propietaria -unos cincuenta años, tipazo aún de impresión, ruborizada hasta las cejas- de semejante chorro acústico.

—El culo… —dijo ella entonces, con el hilo de voz que le quedaba.

El vagón permaneció en silencio, esperando algún detalle más. La mujer se ajustó la falda y comprobó su peinado.

—Me han tocado el culo… —añadió.

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